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Tradición

Gauchos

Bebida tradicional de los gauchos

El término gaucho sigue siendo sinónimo de libertad y aventura, tanto en Argentina como fuera de sus fronteras. Pero la realidad que viven hoy estos jinetes legendarios es bien distinta. En muchas zonas de La Pampa, como la estancia La Estrella, han quedado relegados a meros cuidadores de ganado, alejados de la vida nómada de antaño. Su estampa arrogante y solitaria corre peligro de desaparecer.

Argentina glorifica la época de los gauchos desde hace generaciones. El poeta José Hernández (1834-1886) inmortalizó a estos jinetes guardianes de rebaños ya en 1879, con su poema épico El Gaucho Martín Fierro. Este réquiem de casi 5.000 líneas se convirtió en un monumento literario, un libro de culto que hasta el día de hoy adorna la mayoría de las librerías del país, ya sea encuadernado en cuero o como pequeño libro de bolsillo.

A lo largo de la historia, varios presidentes argentinos, seducidos por el imaginario colectivo de los gauchos, se hicieron retratos al óleo ataviados a la usanza gaucha, con bombachas y camisa roja. Igual que hacía el estadounidense Ronald Reagan, que en su hacienda californiana posaba vestido de vaquero para las fotografías. Hay ciertas semejanzas entre ambos mitos. Como en Estados Unidos, en el país de La Pampa también existe el cliché de los curtidos jinetes cabalgando en medio de enormes rebaños de reses. Esta imagen se basa en la glorificación de un pasado no tan espléndido como puede parecer ahora.

Vestimenta de un gaucho

Los gauchos desempeñaron un papel crucial en la independencia argentina de España; sobre todo en el norte del país, donde desplegaron una gran disciplina militar.

La libertad de los jinetes legendarios

A principios del siglo XIX, sólo medio millón de personas vivía en Argentina, sobre todo en el interior y en la región noroccidental; la mayoría eran españoles, indios y mestizos. Pero con una población tan reducida resultaba imposible colonizar un país de tales dimensiones. La libertad de los gauchos galopaba por las ilimitadas llanuras de La Pampa. Poco después de la fundación del Estado, en 1810, se aprobaron unas leyes de inmigración que desde 1860 convirtieron el país en un popular destino de emigrantes, sobre todo a raíz de la situación política y económica de Europa. Era una época en la que los “blancos” luchaban guerras abiertas contra los “bárbaros” (indios y mestizos). En las provincias del norte, una diminuta minoría de unos 30.000 indígenas había sobrevivido al exterminio. Los belicosos pueblos nativos de La Pampa, Patagonia y Tierra de Fuego fueron víctimas de una campaña de genocidio a mediados del siglo XIX. Junto a muchos topónimos, sólo los museos conservan su recuerdo. Los colonos europeos aniquilaron a los nativos para conquistar La Pampa y crear así “el único país blanco al sur de Canadá”, como se decía entonces en Buenos Aires. Después, los grandes propietarios de ganado acabaron con la libertad de los gauchos nómadas, reclamando tierras y delimitándolas con alambre de espino, material existente desde 1874.

El tradicional modo de vida de estos hombres aventureros, que había sido la trashumancia y la ganadería, se convirtió en un suculento negocio, especialmente después de que las nuevas técnicas de refrigeración permitieran la exportación de carne a través del océano Atlántico. Desde aquel momento, los gauchos pasaron a ser unos peones mal pagados a cargo de los rebaños de sus señores. Condenados a la desaparición, se convirtieron en un mito.

El encuentro decisivo: hombre y caballo

Aquellas hordas anárquicas, indisciplinadas de jinetes son hoy objeto de leyenda y veneración. Aún es posible entusiasmarse con unos hombres que acuchillaban una vaca en medio de La Pampa para, ante la falta de un árbol, poder atar sus caballos a los cuernos del cadáver. Hombres que no llevaban zapatos, sino botas de potro. La piel la obtenían de las patas de un animal sacrificado y solían ponérsela cuando aún estaba ensangrentada, para que al secarse se adaptara mejor a la forma del jinete. Eran hombres que jamás se sentían ladrones de caballos, porque estos animales no tenían dueño. No comían más que carne, pues pensaban que lo que crecía en la tierra sólo servía como pienso para animales.

Hoy, en esta infinita llanura sin horizontes, de una superficie total de unos 280 millones de hectáreas, algo más de la mitad se aprovecha como pasto para ovejas y ganado bovino. Los gauchos tienen que vigilar los rebaños como meros peones, esquilar ovejas, castrar caballos, ordeñar vacas y, si es necesario, hasta conducir un tractor. Para ellos sólo queda la nostalgia y los sueños, a los que se entregan cabalgando por La Pampa.

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