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Arquitectura
La catedral de Chartres: Un milagro de piedra caliza
Después de que un incendio devastara el viejo templo en el año 1194, los habitantes de la ciudad francesa de Chartres no tardan en acometer la construcción de una iglesia nueva. Logran un milagro a base de piedra, vidrio y misterios.
Ninguna fuente revela cómo comenzó la catástrofe. Tal vez a alguien se le cayó una vela en aquella noche del 11 de junio de 1194, o tal vez un rayo provocara el gran incendio que recorrió con devastadora rapidez las callejuelas de la ciudad medieval. Humaredas negras se alzaron al cielo sobre Chartres: después, las llamas se propagaron a la Catedral. Aterrorizada, la gente observaba el suceso; muchos peregrinos habían llegado para celebrar el nacimiento de la Virgen. Ahora vieron cómo el destino de la peregrinación se convirtió en escombros y cenizas. Las vigas del techo se rompieron, y se escuchó un gran estruendo cuando "los muros tambalearon, después se quebraron y cayeron al suelo", como narra una crónica contemporánea. Tocó reconstruir casi todo "a fundamentis", o sea, desde los cimientos. Y así ocurrió.
Nos acercamos desde el este
Durante una larga hora, el tren al que hemos subido en Montparnasse se desliza lentamente por los alrededores de París. Se suceden pueblos que parecen clonados: Saint-Piat, Jouy, La Villette, Saint-Prest. Chartres, la metrópoli provincial de aproximadamente 40.000 habitantes, al principio da la impresión de ser un pueblo más. Hasta que aparece ELLA, tal y como la describió el escritor Stefan Zweig: "como un poderoso gigante de cuerpo rechoncho, sobre la baja bóveda de una ciudad provincial se alza el pesado e imponente techo de una Catedral, y encima de ella, para la eterna oración, dos torres se alzan al cielo." Especialmente el hecho "aparentemente sin sentido", escribe Zweig, "de que aquí, en medio de una tierra vacía, aparezca un edificio tan inmenso crea una impresión de magnificencia inolvidable." Y de hecho, el sentido de la construcción –la razón por la que se levanta precisamente aquí– no está a la vista, sino oculta en el interior del edificio.
Esta razón es un paño que se guarda en una de las capillas. Carlos el Calvo, nieto de Carlomagno, se lo regaló a los canónigos en 876 después de adquirirlo en Constantinopla. Lo llaman “Sancta Camisia“; dicen que la Virgen lo llevó cuando dio a luz. Gracias a esta reliquia, la catedral de Chartres se convierte en el siglo XII en el santuario más importante del creciente culto mariano, y María se convierte en la patrona de la ciudad. Grande es el júbilo cuando, tres días después de la catástrofe de 1194, los canónigos sacan en procesión al santo paño. Sano y salvo ha sobrevivido la ira de las llamas. Los fieles hablan de un milagro. Incluso hay quien sospecha que la Virgen misma ha permitido el incendio porque desea una casa todavía más grande y bonita.
Juego de luces sobre pilares y paredes
Entramos y la oscuridad nos deslumbra. La nave central mide más de cien metros; todo se dirige hacia arriba al estilo gótico. Después –las pupilas se ensanchan- llega la luz: una luz de colores, jugueteando sobre pilares y paredes. Las ventanas brillan en azul y rojo, en verde y amarillo dorado. En ningún otro lugar, unas vidrieras de los siglos XII y XIII se han conservado tan completamente como aquí. Son verdaderas paredes de vidrio, narraciones en imágenes, y juntos cuentan aquella gran historia de salvación como parte de la cual se consideró la gente de la Edad Media: Dios se vuelve humano cuando la Virgen María da a luz a Jesucristo, el Salvador que morirá y resucitará.
Para nosotros, ocho siglos después, se ha convertido en un mensaje jeroglífico lo que por entonces cualquiera entendía. Frente a nosotros relucen cristales de colores con un sinfín de figuras, la mirada se nos empaña frente a la brillante obra. Cuesta mirar a lo alto de las ventanas, que hay que leer desde abajo hasta arriba. En este edificio todo es demasiado grande, demasiado alto, imposible de comprender. ¡Lo que no habrá significado para una persona medieval contemplar aquello! Una persona para la que el paraíso y el infierno eran lugares reales, alguien que miraba aquí al futuro y no, como nosotros, a un pasado enigmático.
"Y vi un nuevo cielo y una nueva tierra; porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar ya no existe”, dice el Apocalipsis de San Juan, "y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios." Esta ciudad, dice, "tenía la magnificencia de Dios" y estaba adornada con piedras preciosas. Esto es lo que leían los que no sabían leer en el hermosísimo rosetón de la fachada occidental, sabiendo: la misma iglesia es una imagen de aquella nueva Jerusalén. El templo causa una impresión solemne pero también imponente con sus pilares dirigidos hacia el cielo. Da miedo y ofrece consolación. El Dios que reina aquí te ama pero te puede aplastar. Aquí hay luz, aquí hay oscuridad. ¿Quienes eran los seres humanos que crearon algo tan sobrenatural?
Un enigmático laberinto
El misterio está ante nuestros pies, en el tercio anterior de la nave central, donde un laberinto decora el suelo: un enorme trabajo de incrustación de piedras claras y oscuras. En otras iglesias (por ejemplo, en Reims), semejantes laberintos llevaban los nombres de los arquitectos, como homenaje al genial arquitecto Dédalo, quien diseñó en la Antigüedad el laberinto de la corte del rey Minos. También en Chartres existía una placa de cobre, como demuestran los pernos que antaño la sujetaban. En ella, sin embargo, sólo apareció la lucha con el Minotauro, un ser parecido a un toro. Hoy, los historiadores del arte consideran la catedral de Chartres la primera obra exhaustiva del gótico clásico.
Pero nadie sabe quién ha hecho el milagro. Sólo existen testimonios escritos sobre la construcción de la fachada occidental con las dos torres y el pórtico de entrada, todo ello erigido antes del incendio de 1194: "¿Quién ha visto o escuchado cosa semejante, de que señores poderosos y príncipes, hinchados de riquezas y honores; que incluso mujeres de nacimiento noble agacharan sus orgullosas cabezas, y como bestias tiraron de los carros para hacerles llegar a los constructores de una iglesia vino, cereales, aceite, cal, piedras y madera?" Estas líneas las escribe, impresionado por la fiebre constructora religiosa, el abad Haymond.
© Getty, texto: Christian Staas
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