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Tecnología
La Biblioteca Nacional se digitaliza
GEO se adentra en las entrañas de la Biblioteca Nacional para comprobar cómo se realiza el proceso de digitalización de las obras.
Frente al viejo caserón decimonónico, coches, motos y autobuses se aprietan en el Paseo del Prado con sus ruidos latosos. Es lunes de invierno, pero el sol brilla como si fuera verano. Tras las rejas de uno de los laterales del paseo percibo la imponente fachada de la Biblioteca Nacional. A sus pies, la estatua de Menéndez Pelayo, su primer director; y detrás de ésta, las figuras de Alfonso X el Sabio, San Isidoro, Nebrija, Luis Vives, Lope de Vega y el mismísimo don Miguel de Cervantes Saavedra.
Atravieso decidido la corta distancia que separa este templo del saber del bullicio callejero. Cruzo el umbral y me adentro en otra dimensión, un mundo silencioso, sereno, de papel. Las escaleras que conducen a la sala general de la Biblioteca me reciben en cuanto consigo atravesar el arco de seguridad, después de dejar, eso sí, el teléfono móvil, las llaves, la pluma o el bolígrafo, las gafas, la chaqueta, la calderilla y hasta el marcapasos si lo hubiere. Unas medidas que se han extremado hace apenas unos pocos meses. Antes, y decir antes significa decir antes del robo de los mapas, eran más laxas, como si la confianza fuera norma de la casa, porque ¿quién iba a hacer daño a un libro? En la etapa anterior, los arcos funcionaban al nivel mínimo, de modo que no había forma de que pitaran aunque bajo la ropa se llevara escondido todo un arsenal.
En los bajos fondos de la Biblioteca Nacional
Los libros entran por una puerta distinta y con menos miramientos. Al fin y al cabo están en su casa. Desde que la Biblioteca Nacional inauguró su sede actual, en 1896 (explica Mar Rebollo, técnico del servicio de Catalogación, en su despacho del Pudridero, llamado así en la jerga bibliotecaria por las paredes de granito que recuerdan las de la cripta del Monasterio del Escorial), la mayoría de los fondos proceden de la Biblioteca Pública de Palacio creada por Felipe V en 1712, también de la Desamortización, de donaciones privadas, como las del compositor Barbieri o el bibliófilo Usoz y Río, de adquisiciones públicas y, en gran medida, del eficaz sistema de depósito legal. Éste es un mecanismo regido por ley que obliga al impresor a enviar a la Biblioteca tres ejemplares de cada obra impresa. “Uno de los mejores inventos democráticos para la cultura”, según el parecer de Montse Oliván, jefe de ese servicio. Por este procedimiento, en 2007 entró un millón de libros (908.574 para ser más exactos), que equivalen a unas veinte toneladas cada mes.
Cualquier mañana de un día cualquiera, una furgoneta de reparto llega al andén de acogida de la Biblioteca Nacional. Inmediatamente, un engranaje perfectamente engrasado se pone en marcha. Los libros recién llegados son trasladados al departamento de Catalogación, donde son registrados mediante una descripción puramente física, ya sea el tamaño, el aspecto, la autoría o el número de páginas. Terminada esta primera fase, el nuevo cargamento pasa al departamento de Clasificación, en el que vuelven a ser catalogados atendiendo esta vez a su descripción bibliográfica, es decir, por temas. La cadena de trabajo sigue su curso, sin pausa, hasta que, en menos de 30 días, cada libro estará archivado en el depósito general de la Biblioteca, ubicado en Alcalá de Henares. Este novísimo y espectacular complejo sirve de almacén a trece millones de documentos, distribuidos en cinco torres que ocupan una superficie de 35.000 metros cuadrados. Por una vez, el libro cede aquí el protagonismo a una estrella emergente: el robot buscador, una maravilla de la técnica capaz de encontrar lo que se le pide en cuestión de segundos. Otros libros, los más afortunados, encuentran su espacio en las alacenas de los espacios abiertos, vigilados atentamente por 262 cámaras, monitores, detectores y todo tipo de alarmas.
El lugar dedicado a los libros más valiosos
César Ovilio Gómez Rivero sabía desde 2004, año que entró por vez primera a la Biblioteca Nacional, que la vigilancia era menor y que no se hacía un recuento de los fondos desde hacía mucho tiempo. En su cartera llevaba papeles que lo acreditaban como investigador (él, que sólo tenía estudios primarios) y adherida a la funda de sus gafas, una cuchilla de medio centímetro que escondió en un anaquel de la sala Cervantes, el lugar dedicado a los libros más valiosos. En tres años consiguió rasgar páginas de libros riquísimos y llevárselos sin levantar sospecha. Cuando la Policía fue a detenerlo en la dirección que había dado (Serrano, 52), se encontró con que aquello era El Corte Inglés. Poco a poco, lo robado ha ido apareciendo disperso por medio mundo, siendo devuelto a su lugar de origen. Sin embargo, cuando esto se escribe, el ladrón sigue viviendo tranquilamente en su chalé de La Delfina, una arbolada urbanización a 50 kilómetros de Buenos Aires que tiene dos piscinas, cuatro pistas de tenis, un campo de fútbol, cinco de hockey sobre hierba, salón de masaje, sauna y otros muy variados servicios de lujo.
© Luis Davilla, Texto: Julia Amattei
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