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África

La tragedia del Congo

Lágrimas por el Congo

El Estado centroafricano del Congo se desangra. Su lación civil, víctima de la encarnizada lucha por controlar sus recursos naturales, llora su tragedia diaria. Los combates más violentos tienen como escenario los Kivus, dos provincias orientales. A la tragedia bélica, que alimenta otras lacras como la violencia sexual y las enfermedades como la malaria, hay que sumar las catástrofes naturales. El resultado es uno de los peores lugares del mundo para nacer.  

La pequeña Diane, de cuatro años, simboliza todo el horror y el absurdo de esta guerra sin reglas ni final. Su mirada triste y su pasividad contrastan con el alboroto con que los otros niños del campo de refugiados de Buhimba corren sobre la cortante lava persiguiendo al visitante con gritos de “¡muzungu!” (“blanco” en kiswahili) y “¡MONUC!” (siglas de la misión militar de la ONU) en busca de algún regalo, o quizás tan sólo un poco de atención. Como todos, Diane sufre desnutrición. Cuando se da la vuelta, aparece una terrible cicatriz en su cuello. La causó una de las balas con que uno de los numerosos grupos armados que campean por la provincia de Kivu Norte, al este de la República Democrática del Congo (RDC), fronteriza con Ruanda  y Uganda , asesinó a su padre. Es la menor de siete hermanos, huérfanos también de madre. Malvive aquí con tres de ellos, al cuidado de una tía, a cuya falda se agarra con fuerza. Los otros están en Goma, la capital provincial, a una decena de kilómetros. 

Más de 800.000 personas se hacinan en míseros campos como Buhimba o se esconden en la selva desde hace año y medio, cuando arreció el último conflicto en el Congo fue en Kivu Norte, provocado por la rebelión del general Laurent Nkunda , que dice proteger a los tutsi congoleños de un supuesto plan de exterminio. La mayor parte de estos refugiados no recibe ninguna clase de ayuda de las organizaciones internacionales. Es una de las mayores catástrofes humanas del mundo y, pese a ello, una de las más olvidadas. 

Campos de refugiados: reparto de comida

Un país devastado

Cada familia –calculada sobre la base de cinco personas– recibe mensualmente un cupo de 60 kilogramos de harina, 20 de frijoles, cinco litros de aceite de palma y 500 gramos de sal. En tres días, 40 camiones repartirán 400 toneladas de víveres del Programa Mundial de Alimentos (PMA) a las 5.000 familias que acoge el campo, que se asienta sobre una colada del cercano volcán Nyiragongo . La multitud espera pacientemente la descarga de los camiones al otro lado de un perímetro de cuerda. Cuando llega su turno, hombres, mujeres, niños y ancianos cargan con los sacos y bidones que les corresponden y avanzan penosamente con ellos hacia sus chozas. Un niño se lanza a mis pies para recoger, una por una, un puñado de legumbres caídas al suelo. La harina de maíz que se distribuye no forma parte de la dieta tradicional de estas gentes, y muchos la llevan a Goma para cambiarla por mandioca. 

Mukambu Bugugé Rusagara, de 75 años, sonríe de oreja a oreja sentada a la puerta de su cabaña: “Estoy muy contenta, porque ha llegado la comida”, dice cogiéndome la mano. “Hoy todo está tranquilo, pero no siempre es así. Cuando nos quedamos cortos de comida, estalla la violencia. La gente está desesperada, y te pueden matar por un saco de harina. El mes pasado tuvimos que huir bajo una lluvia de piedras”, explica Rossella Bottone, de 30 años, responsable del PMA. 

Aunque resulte chocante, una de las cosas que más reclaman los desplazados en esta zona son martillos. Los necesitan para quebrar la dura costra de lava, aplanar el suelo y así poder dormir sobre un terreno algo más cómodo. Las chozas son simples estructuras semicilíndricas de ramas flexibles cubiertas con follaje. Los más afortunados colocan encima una lona de plástico que les protege de las frecuentes e intensas lluvias. Aquí y allá hay algunos pequeños huertos. Para poder cultivarlos, han tenido que picar y extraer la roca volcánica y traer la tierra fértil desde kilómetros de distancia. En la parte norte del campo hay una zona acordonada con alambre de espino porque del suelo emanan gases volcánicos peligrosos. 

La discriminación en las etnias africanas

Pobres entre los más pobres, los pigmeos sufren la discriminación del resto de grupos étnicos. Su zona del campamento, separada del resto donde viven mezclados todos los demás, es, si cabe, la más triste y descuidada. Los niños visten mucho peor y casi todos van descalzos. Namukara Masambo, de 30 años, cuida de sus cinco hijos –el mayor de seis años– y de varios huérfanos. Lleva aquí más de un año, nos comenta mientras amamanta al más pequeño.  

Gabriel Kinongo, de 54 años, lo tiene muy claro: “El problema de nuestro país son los políticos. Nuestro Congo es muy rico pero está muy mal explotado”, proclama en medio del gran corro que se ha formado a nuestro alrededor. En efecto, el subsuelo congoleño alberga enormes yacimientos minerales –oro, diamantes, coltan , cobre, cobalto, casiterita, el raro niobio y posiblemente petróleo–, bosques inexplorados cubren la mayor parte del territorio –del tamaño de Europa occidental– y la fuerza del inmenso río que le da nombre podría abastecer de electricidad a todo el continente. Pero su riqueza ha sido su perdición. El Congo lleva más de un siglo siendo saqueado por intereses extranjeros. De la era del marfil a la del coltan, desde Leopoldo II de Bélgica a las multinacionales del teléfono móvil, son muchos los que se han enriquecido explotando sus recursos naturales. Sus habitantes, cuya mortalidad supera en un 60% la media africana, no están entre ellos. Y hay una relación directa entre la explotación minera y la violencia endémica que sufre el país desde su independencia, como destapó un demoledor informe de la ONU en 2002. En él se citaban 114 empresas, en buena parte occidentales, que azuzaban o se aprovechaban del conflicto para engrosar sus beneficios.

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