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GEO, la web que redescubre el mundo

125 acuarios marinos del mundo

Acuarios, el mundo submarino

Sin miedo al depredado del Oceanogràfic de Valencia
Desde 1990 han sido inaugurados 125 grandes acuarios en el mundo. Estos escaparates de la biodiversidad marina atraen a millones de visitantes a sus colosales instalaciones, donde se reproducen los principales hábitats del planeta. Un perfecto engranaje técnico y humano mantiene las instalaciones y mima a las especies.

La vista es apabullante: 18,50 metros de ancho y siete de altura mide el cristal panorámico del recinto Ocean Voyager, del Georgia Aquarium (Atlanta, Estados Unidos). 130 metros cuadrados de transparencia. Detrás nadan numerosos peces, una increíble diversidad de formas y colores. Un pez sierra (Pristis pristis) surca el espacio azul moteado por manchas de luz; varias docenas de rayas (Batoidae) pasan como una bandada de pájaros a cámara lenta, levantando y bajando los extremos de sus cuerpos aplastados. Un mero australiano (Epinephelus lanceolatus) se planta –con ganas de atacar, al parecer– delante del cristal exhibiendo sus enormes fauces. Un grupo de niños de primaria lo mira con los ojos abiertos de par en par. Hay mucho que descubrir. Pero la profesora está pensando en otra cosa.

Acuarios de agua salada

"Oiga", se dirige al joven biólogo encargado de informar a los pequeños sobre el acuario y sus habitantes, ¿está usted seguro de que el cristal no se puede romper? Sí, el biólogo está seguro. Con un grosor de 60 centímetros, la ventana es tan maciza como una muralla. Y no está hecha de vidrio, sino de un plástico hasta 17 veces más resistente. No obstante, la preocupación de la profesora parece lógica: al otro lado se acumulan 23 millones de litros de agua. Demasiado para una ciudad como Atlanta, situada a 400 kilómetros de la costa este de Estados Unidos. Más de 80.000 peces nadan por el recinto Ocean Voyager. Para proporcionar al agua la salinidad adecuada se precisan 680 toneladas de sal. Y Ocean Voyager sólo es uno de los 60 hábitats con los que cuenta el Georgia Aquarium. En las galerías Georgia Explorer, Tropical Diver, Cold Water Quest y River Scout, el visitante puede maravillarse con las medusas, deleitarse con las nutrias y sus ganas de juguetear, sentir escalofríos frente a las pirañas o asombrarse ante once cangrejos gigantes de Japón (Macrocheira kaempferi), que pueden alcanzar el tamaño de un coche. En total, entre 100.000 y 120.000 peces y otros animales, desde pepinos de mar hasta leones marinos, pueblan los diversos acuarios y recintos.

Georgia Aquarium de Atlanta

Cautivos del mar

Abierto al público en noviembre de 2005, el Georgia Aquarium es el mayor acuario del mundo, la guinda en una serie de inauguraciones que se han ido celebrando en todo el planeta desde hace algunos años. Los acuarios ejercen una atracción sin igual. Corresponden a la creciente y moderna afición de combinar el entretenimiento y la educación. Al mismo tiempo sacian la aparente sed del hombre por lo exótico, pues el mundo marino, pese a todos los progresos de la investigación científica, aún oculta muchos misterios. "El mundo submarino suele estimular la imaginación, la seduce y atrapa",dice Jürgen Lange, presidente de la Unión Europea de Conservadores de Acuarios.

Películas como Buscando a Nemo y los documentales fomentan este entusiasmo. Para las ciudades, los acuarios se han convertido en una nueva especie de símbolo de estatus. Según Peter Dollinger, director de la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios, desde 1990 se han inaugurado al menos 125 acuarios en todo el mundo. Entre ellos, el Oceanário de Lisboa en 1998 y el Oceanogràfic de Valencia, el mayor acuario de Europa, en 2003.

Millones de litros de agua marina

Estos santuarios del mar son cada vez más espectaculares y refinados. En Valencia y Atlanta, los visitantes recorren túneles subacuáticos que les permiten observar los peces desde una perspectiva habitualmente reservada a los buzos. En el Aquadom de Berlín, un ascensor atraviesa una torre de plástico que contiene un millón de litros de agua marina y es habitada por unos 1.500 peces; el viaje dura varios minutos. Todo esto es posible porque el plástico con que se construyen los modernos acuarios puede pegarse de las formas más diversas y casi sin costura formando cristales panorámicos. La mayor ventana del mundo se encuentra en Japón, en el Okinawa Churaumi Aquarium: con 22,50 metros de ancho y una altura de 8,20 metros, supera ligeramente la de Atlanta. A menudo, el hechizo que irradian estas verdaderas “salas de cine” es incrementado con música, una iluminación sugestiva y rocas artificiales o barcos hundidos como telón de fondo.

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Vistas sorprendente

“Disneylandia para peces”, así es como el ya citado Jürgen Lange denomina estos mundos submarinos. Los gigantescos tanques de hoy en día permiten fundamentalmente dos cosas: que se exhiban muchos peces al mismo tiempo y que haya ejemplares grandes. En el Okinawa Churaumi Aquarium viven, entre otras especies, varias rayas manta (Manta birostris), que alcanzan envergaduras de más de siete metros, y tres tiburones ballena (Rhincodon typus), los escuálidos más grandes. Aunque hay quien afirma haber avistado ejemplares de hasta 20 metros de longitud, el mayor individuo que los biólogos han logrado medir tenía 13,70 metros; lo demás parece ser fruto de equivocaciones o exageraciones. Por el Georgia Aquarium incluso pululan cuatro tiburones ballena: Alice, Trixie, Taroko y Yushan. Hace tiempo que esos gigantes marinos también han desembarcado en Europa.

En las entrañas del Oceanogràfic de Valencia

A primera hora de la tarde es hora punta en el Oceanogràfic de Valencia, y una multitud se reúne bajo un techo blanco y abovedado como un iglú. Las enormes piscinas son el hogar de las belugas (Delphinapterus leucas) Kairo y Yulka. Se estima que en el mundo existen unos 50.000 ejemplares de estos enormes mamíferos marinos, que habitan las aguas del Ártico y Subártico. Kairo y Yulka llegaron al Oceanogràfic desde un parque acuático argentino que no les podía ofrecer las condiciones adecuadas.

Los visitantes tratan de llamar la atención de ambos. Pero Yulka, con ocho años, todavía una adolescente, está fascinada por otra cosa. Con ojos curiosos observa a uno de los 300 empleados del acuario marino que acaba de meterse en la piscina vestido con un traje de neopreno. Está limpiando. Una y otra vez, Yulka le empuja suavemente con el morro o tira de la manguera con la que aspira las algas de las paredes. Él tiene que hacer fuerza para que no lo arrastre. "¡Mira!", grita una niña. El pez y el hombre son amigos.

Limpieza de los acuarios

Sesión de Limpieza en el Okinawa Churaumi Aquarium

La limpieza diaria de las piscinas y los acuarios es una pequeña parte del esfuerzo cotidiano que ha de realizarse para garantizar que los animales cuenten con óptimas condiciones de vida. Lejos de los espectaculares túneles para los visitantes, Eduardo Sánchez recorre un pasillo sombrío, con un walkie-talkie colgado del cinturón. Es un hombre jovial, uno de los dos jefes del equipo técnico que se encarga del Oceanogràfic las 24 horas del día. Su lugar de trabajo es un laberinto de pabellones sin ventanas donde el aire es asfixiante y el agua condensada gotea por tuberías cubiertas de costras de sal.

Cada dos horas, él o alguno de sus colegas controlan las bombas que hacen fluir diariamente 1.200 metros cúbicos de agua por diversos filtros donde se extraen los restos orgánicos (heces, por ejemplo) y se añade oxígeno. Los ingenieros tampoco dejan de lado la electricidad. Cada mes de agosto, cuando el Oceanogràfic permanece abierto hasta la medianoche y todas las luces están encendidas, además del aire acondicionado, la refrigeración para la piscina de las belugas y de las bombas, el Oceanogràfic puede consumir tanta electricidad como 4.000 hogares. En caso de un apagón, existen varios generadores de emergencia. "Si surge algún problema, no podemos pedirles a los animales que tengan paciencia", dice Eduardo Sánchez.

A través de un tubo de seis kilómetros de longitud, el Oceanogràfic se abastece de agua directamente del mar. La calidad es controlada a diario en el laboratorio de la institución, que forma parte del centro veterinario de biología marina, el mayor de Europa. Cuenta con aparatos de rayos x, ultrasonido y endoscopia para que los veterinarios puedan echar un vistazo a los estómagos de los delfines y las belugas si es necesario. "Los delfines son bastante propensos a padecer úlceras", explica el veterinario Daniel García.

Ecosistemas de los acuarios marinos

Los médicos también se encargan de los peces heridos, incluso hay una sala de operaciones. Aunque ni siquiera los recipientes más grandes albergan un ecosistema completo, sí hay condiciones suficientes para la simple relación depredador/presa. En un recipiente de plástico de la estación de cuarentena del Oceanogràfic hay una raya con el flanco derecho desgarrado: fue mordida por un tiburón. "Menos mal que las rayas suelen recuperarse rápidamente", comenta uno de los cuidadores.

Seguramente, el motivo del ataque no fue el hambre Hay comida para hartarse, y de la mejor calidad: almejas, pulpos, gambas, arenques y otros pescados magníficos. Una pequeña imperfección en la piel es suficiente para borrar una pieza del menú: cualquier mancha podría delatar la presencia de bacterias. "Si hay la menor duda, tiramos la comida a la basura", dice también Timothy Binder, cuidador jefe del Georgia Aquarium.

900 kilogramos de pescado

Cada día, la comida que se da a los peces asciende a 900 kilogramos de pescado. La exquisita dieta cuesta mucho dinero. En la cocina del Florida Aquarium, una institución de tamaño mediano en la ciudad de Tampa, entre relucientes mesas de acero y cuchillos afilados, han colgado una lista con los gastos de comida: suman 82.000 dólares al año (unos 51.700 euros).

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Tiburones en el Florida Aquarium

En un “mega-acuario” como el de Atlanta, esto apenas sería suficiente para un día. El hecho de que los grandes acuarios sean un negocio rentable se debe a la masiva afluencia de público. Según la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios, cada año al menos 200 millones de personas visitan uno de estos establecimientos. Además, entre ellos figura un alto porcentaje de gente entre 30 y 44 años que cuenta con un considerable poder adquisitivo. Alrededor de los acuarios a menudo surgen restaurantes y comercios.

Antes de la inauguración del Georgia Aquarium, un informe reveló lo que iba a suponer para la economía regional: 2.951 nuevos empleos y unos ingresos de unos 110 millones de euros el primer año, y alrededor de 57 millones de euros anuales en el futuro. Las expectativas fueron superadas ampliamente. El 23 de mayo de 2007 llegó el visitante número cinco millones. Los grandes acuarios suelen construirse en áreas urbanas que necesitan un saneamiento. El Oceanogràfic, como parte de la Ciutat de les Arts i de les Ciències, fue levantado sobre el antiguo cauce del río Turia. "Antes no era una zona de la ciudad muy segura", dice Patricia Picó, portavoz del acuario.

Peces payasos, belugas...

Ahora se han abierto hoteles y restaurantes y se han construido nuevas casas de apartamentos en el entorno del conjunto museístico. Sin embargo, algunos visitantes se preguntarán: ¿no es, de alguna manera, doloroso admirar en cautividad no sólo peces payaso o medusas, sino también animales de demostrada inteligencia, como calamares gigantes o belugas? "Tener grandes mamíferos marinos naturalmente entraña un conflicto", dice Francisco Torner, gerente del Oceanogràfic. Sin duda, el mejor lugar para las belugas es el mar. Pero no es lo mismo ver un delfín en un documental que verlo vivo en un hábitat donde visiblemente se siente a gusto. Sólo así puede producirse una reacción emocional que fomenta el deseo de comprometerse con la protección de los mares.

Hábitats del mundo submarino

Oceanário de Lisboa

Mostrar a los visitantes el peligro en que se encuentra el mundo submarino es la meta que muchos grandes acuarios afirman perseguir. Por eso, el Oceanário de Lisboa se ha construido de forma que invita a la reflexión. Un total de cuatro hábitats marinos –Atlántico, Antártida, Pacífico y Océano Índico– se han agrupado alrededor de un enorme tanque central, de manera que el público puede mirar a través de varios acuarios al mismo tiempo. Un hábitat parece mezclarse con el otro, cada pez parece nadar en la misma patria.

Los visitantes vuelven a casa con la idea de que todos los mares están conectados y merecen la misma protección. Y aprenden que cada acto de contaminación puede tener consecuencias de largo alcance. En el Oceanogràfic de Valencia, directamente al lado del popular túnel submarino, cuelga una foto, que muestra la isla deshabitada de Henderson, en el sur del Pacífico. Aunque se encuentra a 4.500 kilómetros de distancia de cualquier lugar civilizado, la playa está repleta de neumáticos, latas, bolsas y botellas de plástico... “Disfruten el panorama de la basura que todos nosotros echamos al mar, y miren con qué generosidad el mar nos lo devuelve todo“, reza el pie de foto.

Ejemplares capturados

Al menos de vez en cuando, la mayoría de los acuarios necesita incorporar ejemplares capturados en la naturaleza para llenar sus recipientes. Aunque algunos intercambian entre sí animales y llevan a cabo programas conjuntos de cría, esto no es suficiente para satisfacer la demanda. En cualquier caso, es imprescindible que la adaptación de los habitantes del mar a su nuevo entorno se realice con cuidado. Los gerentes de los acuarios dicen que su trabajo es algo más que un granito de arena. Muchos se comprometen con diversos programas para la protección de los mares; organizan conferencias para concienciar a la gente sobre especies en peligro de extinción o publican guías que fomentan un consumo responsable de pescado. Y cada año invitan a un sinnúmero de colegios a los acuarios. La esperanza es que las generaciones del futuro sean más sensibles al medio ambiente.

¿Sospecha la beluga Yulka que sus congéneres necesitan con urgencia que los humanos se conviertan en sus aliados? Yulka, una y otra vez, se acerca al buzo que limpia su piscina, se le arrima como si fuera un niño mimoso y abre la boca como queriendo contarle algo. Los visitantes que la observan están fascinados. Es como si este mamífero marino quisiera subrayar el que podría considerarse como el lema universal de todos los acuarios del mundo: “Hay que convertir a los animales en embajadores de los mares”.

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