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Prehistoria
Pinturas y grabados rupestres en Sudán
Cientos de pinturas y grabados prehistóricos decoran las rocas del Desierto Occidental sudanés. Fueron descubiertos a comienzos del siglo XX y olvidados tiempo después. Un equipo de GEO se aventura por una peligrosa ruta de caravanas para encontrar estas joyas con 10.000 años de antigüedad.
Siempre había pensado que Sudán era un lugar en el que resultaba fácil desaparecer, un inmenso desierto con el poder de borrarlo todo. Pero del que todo emerge, antes o después. Esto es lo que ha ocurrido con las pinturas del Yabal al-Uwaynat, un macizo situado en el corazón del Desierto Occidental, a 25 grados de longitud y 22 de latitud. Aquí, entre grutas, peñas y formaciones rocosas, se esconden desde hace unos 10.000 años pinturas polícromas de tanta importancia como las de Altamira y Lascaux (Francia). Hay centenares de figuras elegantes, estilizadas y de trazo clarísimo, pintadas en una gran variedad de tonos: ocre, morado, amarillo claro, rojo oscuro. Se trata del lugar con la mayor concentración de arte rupestre prehistórico de todo el Sáhara, pero también de la última zona desértica en ser cartografiada, a mitad de los años treinta. Hoy, abandonado por las rutas de caravanas, se desconoce todavía más que entonces.
Son las tres de la tarde cuando en el horizonte, entre la calima de una jornada tórrida, vislumbramos el macizo de Uwaynat. Estamos en el punto fronterizo entre Sudán, Libia y Egipto, uno de los lugares más desolados de la Tierra. Al Desierto Occidental también se le llama Líbico, manteniendo el significado de tiempos romanos, cuando Libia comprendía también Egipto, Sudán y Chad y tenía una superficie de dos millones de kilómetros cuadrados. Se encuentra varios cientos de kilómetros al oeste de la extraordinaria civilización faraónica, pero ha sido el último de los espacios africanos en conocerse y ser atravesado por exploradores modernos. Es una de las regiones desérticas más vastas y deshabitadas de todo el planeta, temida incluso por los propios nubios, que en la antigüedad la consideraban el reino del maligno dios Seth. Por ella pasaba la mítica ruta de caravanas de Darb al-Arbain, la Ruta de los 40 Días, que desde la época de los faraones conectaba Sudán y Egipto. Hasta finales del siglo XIX, largas caravanas de dromedarios cargados de marfil, cuernos de rinoceronte, plumas de avestruz y arrayán aromático se desplazaban a lo largo de este mar de arena. Para los kabir o caravaneros, las únicas referencias eran piedras con formas particulares o esqueletos de dromedarios, que se conservaban intactos durante decenios. Pero era fácil perderse entre las dunas.
Avanzamos lentamente y por todas partes hay formaciones rocosas: castillos de arenisca o gneis y peñascos de granito. Sólo arena, viento, roca y soledad. El paisaje tiene algo de infernal. Se puede entender por qué los guraan, saqueadores del desierto que habitaban entre las rocas del Yabal al-Uwaynat en los años veinte, pensaban que habían sido los yinn y los afarit, espíritus buenos y malignos, quienes habían trazado los dibujos sobre las rocas. A los pies del macizo hay varias acacias, los primeros árboles tras los 500 kilómetros que nos separan del oasis de Selima.
En tiempos prehistóricos esta zona tenía agua y vegetación y estaba densamente habitada, como delatan los cientos de lugares donde se pueden admirar pinturas y grabados rupestres. En el siglo XIX, cada año, en verano, llovía sobre las cimas que rozaban los 2.000 metros de altitud y el agua alimentaba los ocho manantiales del Uwaynat, ahora secos. En los años veinte, las precipitaciones que caían cada cinco años bastaban para que los valles estuvieran habitados por saqueadores. Hoy llueve cada diez años. La última vez, en 2005. Durante algunos meses reaparecieron algunas briznas de hierba en los uadi (cauces fluviales). Después, todo volvió a su consistencia mineral.
Nos adentramos en el Karkur Talh, un valle espectacular en el lado meridional. Sobre el terreno divisamos una serie de piedras que delimitan espacios rectangulares. Señalan la base de antiguas cabañas con paredes de piel y madera. Localizamos los primeros grabados rupestres trazados sobre grandes macizos de superficie lisa desprendidos de la montaña. Nuestra exploración avanza entre enormes bloques de granito. Apiñados unos sobre otros, forman laberintos de cavernas inexploradas. No es fácil hallar las pinturas entre las miles de rocas, todas aparentemente iguales. Es una búsqueda lenta y minuciosa llevada a cabo macizo tras macizo.
© Stefano Torrione
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