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Guatemala

El Mirador: la ciudad perdida maya

Arqueología maya

Los aztecas que, 500 años atrás, llegaron desde México a Guatemala siguiendo a las tropas españolas tenían razón. En su idioma nahuatl, el que mejor describía aquella tierra que tenían frente a sí, la expresión era cuauhtemalan, literalmente “país de muchos árboles”.

Atravesando la frontera actual entre los dos estados, que entonces era solamente una línea imaginaria, los soldados se encontraron en Petén, pulmón verde de América Central que dos milenios y medio antes había visto nacer y colapsar una civilización poderosa y respetada, como es la cultura maya.

Nosotros, en cambio, hemos seguido el recorrido inverso, desde el sur. El objetivo de nuestra misión es alcanzar a pie el mítico Mirador, la capital no contrastada del Imperio Maya, ya en el 600 a. de C., cuando fueron construidas las primeras pirámides. La sola idea de atravesar a pie la inhóspita selva pluvial guatemalteca garantiza un adecuado aporte de adrenalina, pero no es suficiente para salir airoso. Es muy peligroso subestimar un lugar como éste, suspendido entre el paraíso y el infierno, puro y envolvente, que puede llegar a machacar literalmente la resistencia, mental y física. La vegetación es tan abundante que esconde a la vista enormes ciudades. Antes o después, todo vuelve a ser engullido por el vientre de la naturaleza. Si los arqueólogos no hubieran sido capaces de volar y de observar desde el cielo, tal vez no habrían descubierto jamás tantas maravillas.

Expedición El Mirador

La historia moderna de El Mirador comienza en el interior de un pequeño avión, donde, allá por los años treinta del siglo pasado, viajaban miembros de un equipo de investigadores de la Universidad de Pensilvania. Los montículos que salpican la verde alfombra de Petén, de hecho, pasaron tan desapercibidos que fueron considerados volcanes. Nuevos vuelos a más baja altura sirvieron para entender su verdadera naturaleza: eran restos de ciudades. Testimonios silenciosos de un pasado de gloria que concluyó definitiva y dramáticamente en el umbral del año 1000 d. de C. Actualmente, en la región se han trazado mapas de 44 ciudades mayas, pero se tiene constancia de más.

El Mirador, 1000 años de historia

Todos descansan sobre la misma plataforma geológica que se formó hace 70 millones de años, conocida por los estudiosos americanos como “Mirador basin”. Un mundo aparte pero del que sus habitantes no supieron administrar los recursos naturales con prudencia. De hecho, una masiva y descontrolada explotación condujo a la carencia de éstos, dando lugar a una crisis que conduciría al primer “colapso” de esta civilización en el año 150 d. de C.

De nada valen las grandes obras de ingeniería hidráulica. Los mayas realizaron en toda la región gigantescas piscinas-cisterna para encauzar las aguas y construyeron imponentes avenidas. Sin embargo, fueron muy exagerados con las decoraciones de palacios y pirámides. Recubiertos de mascarones y glifos (símbolos fonéticos propios de la lengua de la época), los edificios exigieron un compromiso de continuidad cada vez mayor hasta llegar a hacerse insostenible. Baste pensar que para producir un metro cuadrado de estuco de decoración hacía falta talar hasta 20 árboles. Sólo en un horno grande calentado a altas temperaturas, de hecho, era posible realizar el consecuente proceso de fusión de la piedra calcárea, para ellos muy preciada.

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La deforestación, base en la cultura maya

Hallazgos milenarios en El Mirador

Bob Oglesby, estudioso del dinamismo climático del Marshall Space Flight Center de la NASA, ha definido aquella barbaridad como “la madre de todas las deforestaciones”. Cuando la escasez de árboles no pudo sostener el barro, éste se deslizó, enterrando en su caída toda la cultura maya. La gente no tuvo otra solución que emigrar para evitar morir de hambre. Las ciudades de entonces tenían una densidad de población altísima. Se calcula que la zona de Petén estaba entonces habitada por unos diez millones de mayas, cuando hoy, apenas soporta una población de más de 400.000 personas.

Tras aterrizar la primera tarde en Flores, capital de la región petenera, partimos antes del alba con la misión de alcanzar la zona de El Mirador. Nuestro vehículo hacia Carmelita, último reducto de civilización antes de internarnos en la selva, no es más que una furgonetilla sin carburante. Vamos recogiendo a nuestros compañeros de viaje. El primero de ellos es Fernando Madrid, al que localmente se le conoce por “el loco”, de su época como portero de un equipo de fútbol de la tercera división guatemalteca. Es una celebridad, pero sobre todo es uno de los guías más preparados y fiables de la zona. Y en El Mirador, para nuestra sorpresa, está considerado como uno más de la casa.

Nuestra primera parada fue para “repostar gasolina”, aquella que nos servirá para aliviar el cansancio de las largas marchas que nos esperan. “Sin aguardiente no se va a ninguna parte”, nos dice Fernando sin tapujos. Atravesamos zonas de abundante vegetación, asediadas por la planta del guarumo –conocida por sus propiedades medicinales–, que se alternan con campos impolutos. En el pequeño pueblo de San Andrés, nuestra siguiente parada, nos espera un viejo aparentemente pobre y desdentado por completo. Se trata de don José Fidencio Pérez Mejicanos, de 60 años, 40 de los cuales ha dedicado al cultivo del chicle, la goma de los árboles que en esta zona se conocen como Chico Zapote. “En los años sesenta, cada familia tenía una dote de un asno para llevar el chicle extraído aquí a Ciudad de Guatemala”, se lamenta, “pero hoy sólo quedan 350 familias que comercialicen este material. Trabajar en el chicle no es rentable. A nosotros nos lo pagan a 300 quetzal (alrededor de 40 dólares americanos) el quintal, cuando después se revende a los japoneses (que son los mayores importadores del mundo) a 250 dólares. Ha llegado la hora de que hagamos oír nuestras voces”.

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