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África

Kenia, el hogar de los Dioses

Lejanos ya los ecos de la violencia tribal del pasado invierno, Kenia recupera el sabor y la tranquilidad que hicieron de ella la auténtica reina de África. Con este triple reportaje emprendemos un fascinante viaje al lado más salvaje y hermoso de la naturaleza, allí donde hombres y animales comparten un mismo e incierto destino.

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Estampa de película

Sucedió un atardecer de hace más o menos 20 años, en mi primer viaje a los territorios del parque keniano de Masai-Mara. Había recorrido durante el día las grandes extensiones de la sabana, siguiendo el desfile de la gran emigración, esa marcha de un millón y medio de herbívoros que se desplazan cientos de kilómetros en el oeste de Kenia y Tanzania en busca de pastos y de agua. Mi todoterreno había marchado sobre las pistas abiertas entre la hierba, rodeado de ñúes, cebras y antílopes, mientras a mi alrededor olía a pastos y establos. A veces, cuando el vehículo se alejaba de las manadas, veía familias de leones escondidas entre las arboledas, o encaramadas, para distinguir posibles presas, en las alturas de los kopjes, las formaciones rocosas naturales que se alzan como súbitas atalayas en las llanuras africanas. También encontraba nutridas bandas de perros salvajes, insaciables cazadores de las praderas. Y bandos de buitres y grupos de hienas que esperaban su turno para pelear por los despojos de los animales ya devorados por los felinos.

Durante horas, había asistido como un espectador privilegiado al desarrollo del proceso más salvaje y hermoso de la naturaleza: cientos de miles de animales que viajaban en busca de comida acechados por otros animales que aguardaban para cazarlos y tomarlos como alimento, lo que podría garantizar durante unos días su propia supervivencia. Había sido testigo del ciclo de la existencia y la muerte, de la ansiedad y el dolor, desfilando ante mis ojos con toda su intensidad y crudeza. No era muy capaz de comprender y describir mis emociones, pero intuía ya que África te muestra siempre esas dos caras de una misma moneda, tanto en la vida animal como en la humana: la convivencia de lo más terrible con lo más hermoso, el maridaje entre el sufrimiento y la alegría, las noches más tremebundas junto a los amaneceres más luminosos. Al atardecer, ya en el campamento, me alejé de la explanada en donde se extendían media docena de tiendas de campaña y las hogueras calentaban ya los ranchos de la cena.

Vida salvaje

Buscaba un instante de soledad para digerir tanta emoción acumulada durante las horas diurnas. Ahora, el olor de las praderas se alzaba con un leve aroma de salitre y la hierba de tonos amarillos que cubría la sabana se movía como un oleaje marino. La potente luz ecuatorial, teñida de reflejos anaranjados, reavivaba los perfiles de las lejanas montañas azules. Había nubes esponjosas que trepaban con voluptuosidad hacia los altos del cielo y marchaban sobre la inmensa campana del espacio como una flota de blancos trasatlánticos.

Y de pronto sentí que mis sensaciones eran semejantes a las de un amor adolescente. Me prendé de inmediato de aquel paisaje soberbio, me enamoré sin remedio de África en aquel parque salvaje. No he dejado de volver a África desde entonces y, muy a menudo, a Kenia. En ese instante comprendía bien lo que, en su memorable libro Out of África (traducido como Memorias de África), escribía la novelista danesa Isak Dinesen (o Karen Blixen), que vivió durante 18 años en su granja bajo las colinas de Ngong, a las afueras de Nairobi: “La principal característica del paisaje y de tu vida allí era el aire. Al recordar tu estancia en las Tierras Altas africanas, tienes la impresión de haber vivido durante un tiempo en el aire (…). Allí arriba respirabas a gusto y absorbías seguridad vital y ligereza de corazón. En las Tierras Altas te despertabas por las mañanas y pensabas: ‘Estoy donde debo de estar”. 

Mientras reflexionaba sobre mis emociones, también me vino a la memoria algo que, antes de mi viaje, había leído en un libro de Ernest Hemingway, otro escritor enamorado del continente negro y, en particular, de Kenia.  “África transforma a todos los hombres en niños. Y tener un corazón de niño no es una desgracia; es un honor”. 

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