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Expedición
Takla Makan: el desierto chino que atraviesa la Ruta de la Seda
El desafío es extremo: vientos gélidos, temperaturas bajo cero y ni rastro de vida. Una expedición arqueológica suiza recorre las dunas del desierto chino de Takla Makan, uno de los más extensos e inhóspitos del mundo, a bordo de vehículos especiales. Su misión: localizar y desenterrar los vestigios de ciudades con más de 1.600 años de antigüedad, que florecieron gracias al comercio de la ruta de la Seda.
Al mediodía de la séptima jornada, ante nosotros se alza una inmensa cordillera de dunas, de 60 metros de altura y unos 20 kilómetros de longitud, un caótico montón de olas amarillas, crestas empinadas y laderas traicioneras. Paramos el convoy. Miremos donde miremos, sólo hay arena. Hace días que vimos los últimos bosques de álamos resecos. Hemos atravesado incontables dunas, pero esta cordillera parece infranqueable. Lao Wei, conductor-jefe de la caravana, escruta el horizonte, buscando un camino: “Podría funcionar”, sentencia mientras acerca el vehículo a la ladera más empinada. Le seguimos, aunque a mí me resulta difícil compartir su optimismo.
A velocidad de tortuga, los tres vehículos especiales ascienden por las dunas: los motores rugen, las ruedas se hunden en la arena. Son máquinas monstruosas, diseñadas para avanzar por los terrenos más escarpados, pero aquí llegan a su límite. El camión-cisterna, con 5.000 litros de diésel, casi vuelca. Sería un accidente fatal. Si hubiera una fuga, no sabemos si el carburante de los otros vehículos bastaría para salir de aquí.
Takla Makan, un lugar sin retorno
Hemos venido a estos parajes desolados del noroeste de China en busca de ciudades perdidas y situadas en antiguos oasis a lo largo de la ruta de la Seda . Aunque el nombre de Takla Makan suele traducirse como “lugar sin retorno”, significa “tierra de álamos” en la lengua de los uigures, la etnia nativa, porque hubo un tiempo en que la región era verde. Hoy, es el segundo mayor desierto de arena del mundo, después del Rub al-Jali. Sus dunas podrían casi enterrar la mitad de la península Ibérica. Por todos lados, altas cordilleras enmarcan este mar de arena, impidiendo la llegada de nubes. La sequía es peor en el Lop Nor, cuenca desértica y salada de 52.000 kilómetros cuadrados al este del Takla Makan. Durante la expedición, queremos atravesarla. Hace décadas que no ha llovido; como mucho, unos cuantos copos de nieve. Cuando se derrite, los arroyos nacidos en las altas montañas, que confluyen al oeste del Takla Makan en el río Tarim, se pierden en la arena según fluyen hacia el este. Vientos secos y tormentas de arena (conocidas como Kara Buran) azotan el interior de Lop Nor. Aparecen como fantasmas, recorren cientos de kilómetros, mueven las dunas y ennegrecen el cielo. Aquí, en verano, el termómetro alcanza los 50 grados centígrados; ahora, en invierno, no es raro que las temperaturas caigan a menos 30 grados.
El clima continental favorece la investigación arqueológica: enterradas en el desierto se ocultan ciudades de hace más de 1.600 años, cuando había agua y las caravanas de la ruta de la Seda cruzaban el Lop Nor. Gracias a los vientos y la sequía, los hallazgos sepultados (ruinas, pinturas en las paredes, objetos de madera, incluso vestidos de seda, hierbas medicinales, documentos escritos y cadáveres humanos) están bien conservados. Algunos tesoros arqueológicos fueron encontrados por aventureros, como el geógrafo sueco Sven Hedin o el arqueólogo y explorador británico Sir Aurel Stein a principios del siglo XX. Pero se les escaparon muchos hallazgos. Llenar estas lagunas es la meta de nuestra expedición arqueológica: nosotros, cuatro suizos y seis ayudantes chinos, buscamos en el centro del Lop Nor los asentamientos que rodearon la antigua ciudad-plaza fuerte de Haitou. Desde las exploraciones de Aurel Stein sólo ha habido antes un intento en 1988.
Dunas de arena, la primera prueba del desierto
Primero tenemos que superar el gigantesco montón de arena. El embrague del camión-cisterna huele a goma quemada, el chasis gime, a punto de desvencijarse. Quedan pocos metros hasta la cresta más alta de una duna. Polvo amarillento y un ruido infernal entran por los agujeros del suelo de la cabina. Después, silencio. Una vez más, Lao Wei y el mecánico Li Feng se meten bajo el camión. Lo que encuentran tiene mala pinta: un conducto de diésel se ha reventado, y tendrán que soldarlo. Seguro que lo conseguirán, ya han demostrado su talento para improvisar. Estas reparaciones nos demoran. Cuatro horas después, seguimos camino; pero estamos desanimados. Llevamos un retraso de cinco días: hemos recorrido 96 kilómetros de desierto; pero debido a los rodeos sólo hemos avanzado 42 hacia nuestra meta, la región alrededor de los yacimientos de Haitou, sede del gobernador de la Ruta de la Seda. Por eso decidimos prolongar la expedición dos semanas.
Hace trece años que sueño con explorar la antigua ciudad de Haitou, nacida en un oasis y descubierta por Aurel Stein en 1914. Registró su hallazgo como “L.K.”: la “L” representa “Lop Nor” en la sistemática de su trabajo arqueológico; la “K”, el undécimo hallazgo que había logrado hasta entonces en este desierto. Más tarde, un antiguo documento chino le reveló que se trataba de la fortaleza de Haitou, donde dicen que en el año 328 residió el gobernador chino Li Bai.
Visita nuestro especial de la Ruta de la Seda
© Urs Möckli
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