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Himalaya

Tíbet, 50 años esperando al Dalai Lama

Tíbet camino a Gyalwu La

Dicen en Dharamsala, allá donde reside, que todos los seres vivos tienen derecho a una audiencia con el Dalai Lama por lo menos una vez en esta vida. Allí fue donde conseguí hablar con el dios-rey del Tíbet, gracias a la relación que mantenía el ex-embajador de la India en España, el señor Atuk y el Dalai Lama. “El exilio tiene su lado positivo”, me dijo el Dalai mientras alisaba con la mano los pliegues de su hábito. “Me acercó a la realidad”.

Un exilio que había intentado desesperadamente evitar desde el día de 1949 en que el ejército chino había invadido Tíbet. El desencadenante de su huida fue una invitación aparentemente anodina, de parte de dos oficiales chinos, para que el dios-rey asistiese a un espectáculo de ópera china que el general del Ejército invasor había decidido montar en el cuartel. El Dalai Lama aceptó, pero se negó a fijar una fecha. Tenía la cabeza ocupada en preparar su inminente examen de teología. Decepcionados, los dos hombres se marcharon. Al día siguiente, el joven Dalai Lama debatía sobre lógica, metafísica, epistemología y filosofía ante miles de monjes. Durante largas horas se midió ante estudiantes de su nivel, y luego ante los lamas más eruditos. El joven monarca no dio signo alguno del esfuerzo que suponía tal prueba. Al contrario, relajado, sorteaba las dificultades con una facilidad que dejó estupefacta a la audiencia. El jurado, por unanimidad, le reconoció el título de doctor en estudios budistas. Ese día regresó al palacio de verano con gran pompa. Era la última vez que mil años de civilización ininterrumpida desplegaban sus fastos, pero ni el Dalai Lama ni los miembros del gobierno y de la nobleza de Lhasa lo sospechaban.

Una trampa en la ópera

Ferrán Adriá, cocinero y restaurador

Cinco días más tarde, recibió un nuevo mensaje de las autoridades chinas, urgiéndole para que fijase una fecha para asistir a la ópera. El Dalai Lama accedió a un día concreto. Pero un día antes de la representación, el jefe de su guardia personal le transmitió una orden inquietante del general chino. Su Santidad debía ir al cuartel sin la escolta habitual. Sólo se le autorizaban dos guardias desarmados. Además, la visita debía mantenerse en secreto. Todo aquello resultaba muy extraño. Como un reguero de pólvora, el rumor de que la función de ópera era una trampa para disimular el secuestro del Preciado Protector por los chinos se difundió por la agitada ciudad. Miles de tibetanos marcharon hacia el palacio de verano. Una masa de hombres y mujeres furiosos empezó a juntarse a lo largo de los muros del palacio. Los habitantes de Lhasa, capital de Tíbet, aseguraban la protección de su dios-rey.

La mañana del diez de marzo de 1959 eran miles los tibetanos que rodeaban el palacio. Una marea humana con deseos de venganza. Los fieros guerreros kampa, oriundos del este del país y que buscaban la manera de que el Dalai Lama y sus ministros se opusiesen abiertamente a los chinos, pensaron que la emoción general suscitada por el incidente de la función de ópera y el miedo al secuestro eran una ocasión única para forzar la situación. Consecuentemente, los kampa tomaron el mando de la multitud enfervorizada.

Comprendiendo que nada aplacaría al pueblo que creía proteger, el joven monarca informó a los chinos de que no podría asistir ese mismo día a la representación. Acto seguido, comunicó su decisión a la multitud, que la recibió con júbilo. Pero nadie se retiraba. El Dalai Lama estaba entre dos fuegos, incapaz de adivinar cuál de los dos, su pueblo o la guarnición china, prendería la mecha. En caso de combate, pocas dudas albergaba sobre el trágico final. Para los habitantes de Lhasa, significaba la muerte. Para el Tíbet, la tiranía militar y su cortejo de persecuciones.

Ultimatum de China al Dalai Lama

Pronto los generales chinos le enviaron un ultimátum: o el gobierno tibetano conseguía dispersar al pueblo o éste sería aplastado por las armas. El Dalai Lama les suplicó que tuvieran un poco de paciencia, mientras intentaba tranquilizar a los líderes surgidos de la multitud. Pero de nada sirvieron sus esfuerzos. De cada casa salían hombres armados con lo que habían podido encontrar, desde palos de madera hasta cuchillos de cocina. Levantaron barricadas en la mayoría de las calles. Un grupo de cabecillas, autodenominado Comité de Liberación del Tíbet, partió a pie hacia el palacio del Potala. Allí, sus miembros proclamaron una declaración de guerra oficial contra China y una orden a las fuerzas de ocupación de evacuar la capital. El Dalai Lama vio así cómo se esfumaban nueve largos años de esfuerzos por llegar a una convivencia con los invasores.

 
Por otra parte, decenas de camiones, cargados de armas y soldados, llegaban al cuartel del ejército chino. Los soldados colocaron cañones y ametralladoras pesadas en lugares estratégicos, apuntando al palacio de verano. Como siempre, en los momentos difíciles, el joven Dalai Lama sintió la necesidad de consultar con el oráculo. “Quédate”, le dijo, “procura mantener el diálogo abierto con los chinos”. Por primera vez en su vida, el monarca dudó de que la respuesta del oráculo indicase la mejor decisión. ¿No decían sus tutores que, cuando están desesperados, los dioses mienten?

Exiliados del Tíbet

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