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Vida actual en la Ruta de la Seda
Ruta de la Seda
¿Cómo es la vida actual en las tierras de la ruta de la Seda? ¿Quién habita las antiguas ciudades comerciales? En un viaje de casi 4.000 kilómetros por China, desde Xian a Kashgar, dos reporteros de GEO lo descubren.
Zheng Lheng Xing lustra las botas de los jinetes de terracota y las pezuñas de sus camellos. El monumento recuerda que aquí, en Xian, la primera capital china, antaño llamada Changan, está el origen de la ruta de la Seda . Los primeros mercaderes que buscaron el camino entre Oriente y Occidente debieron partir alrededor del año cien antes de Cristo. Se dirigían a Dunhuang, donde atravesaban la puerta de Jade, situada en la línea defensiva más occidental del reino, la última frontera de la civilización. Entonces comenzaba la aventura: había que rodear, bien por el norte, bien por el sur, la cuenca de Tarim con el hostil desierto de Takla Makan . Era fácil perder la orientación, y entonces la empresa solía tener un desenlace mortal. Al oeste del peligroso mar de arena esperaban desafíos no menos amenazadores: los puertos de montaña del Pamir, por encima de los 4.000 metros de altitud. Después de inimaginables penalidades, las caravanas llegaban a las ciudades legendarias de Samarcanda y Bujara.
Los camellos del monumento están colmados de cajas y sacos. Zheng Lheng Xing, de puntillas, quita cuidadosamente el polvo de los viajeros de tierra. "Tengo que cumplir con mi deber",dice. Y quizá algún día me hagan un contrato fijo.
Paseo histórico por la Ruta de la Seda
Cuenta el señor Zheng que junto a la escultura ha cabalgado en su imaginación a Samarcanda, Bujara y el Mediterráneo. "¡Las cosas que uno sueña!", exclama. “No importa lo largo que sea el camino, hay que dar el primer paso.” Según este lema del máximo dirigente Mao Zedong, el fotógrafo Per-Anders Pettersson y yo comenzamos nuestro viaje. Desde Xian queremos seguir por la parte china de la ruta de la Seda hasta Kashgar y el paso de montaña de Torugart, situado en la frontera kirguiza al noroeste de China. En total, un camino de casi 4.000 kilómetros, medio milenio después de que la ruta de la Seda perdiera su importancia en el intercambio transcontinental de mercancías, pero no la magia de su nombre. Barcos, camiones, trenes y aviones han encontrado otras vías más rápidas. Nosotros tampoco viajamos a lomos de un camello, sino con medios de transporte modernos.
Hemos dado los primeros pasos tambaleándonos. Y ha sido por culpa de la alta graduación de la bebida que nos ofreció Liu Wen Ping. Hace tiempo que este hombre de 37 años destila un aguardiente a base de mijo y trigo. Su empresa tiene más de 30 empleados y alcanza una cifra de negocio de unos 50 millones de yuanes (4,7 millones de euros). Cuando Liu Wen Ping dejó su aldea y llegó a la capital provincial, era un campesino sin dinero; su único bagaje consistía en dos sabios lemas. Uno es viejísimo: “Cuanto más se bebe, más a gusto se está”. El otro es una cita del reformador chino de más éxito, Deng Xiaoping: “Socialismo significa no ser indigente”. Liu interpretó estas observaciones a su manera y empezó a destilar aguardiente. El éxito no tardó en llegar, pero, como explica mientras vaciamos varios vasos de su brebaje, le gustaría ir más lejos y que su bebida alcohólica fuera reconocida como un invento de 2.000 años de edad que además era llevado en el equipaje por los primeros viajeros que recorrían la ruta de la Seda. Desde el descubrimiento del ejército de terracota de Qin Shihuangdi , el primer “sublime emperador de Qin”, en las afueras de la ciudad de Xian, millones de visitantes han pasado por la capital de la provincia de Shaanxi. Ahora parece una pequeña Shanghai, una metrópoli de anchas avenidas y autopistas urbanas, con rascacielos y centros comerciales. La visión de Liu es que todos los turistas deben comprar su alcohol. Tiene planeado hasta el último detalle: del cuello de la botella colgará un librito con “La verdadera historia”; la etiqueta mostrará una caravana, el desierto y el lema “Mou Tai: la seda líquida”. Por desgracia, se queja, los “cabezudos” funcionarios se niegan a dar el visto bueno a su genial idea.
La Ruta de la Seda a tope de pasajeros
Achispados por el aguardiente de 54 grados, subimos en el tren nocturno hacia la localidad de Lanzhou. En nuestro compartimento viajan dos hombres de negocios; poco después del té nos sumergimos en las sábanas. Los de antaño también preferían viajar de noche. Nosotros, sin embargo, no tuvimos elección, pues de día ya no quedaban plazas. Al parecer, el tráfico de pasajeros está a tope en la red ferroviaria. Hay una línea que comunica Xian y Kashgar, y es fácil hacer el recorrido en siete días. Las caravanas, al contrario, tardaban varias semanas tan sólo para el primer tramo, los alrededor de 600 kilómetros a Lanzhou. Esta ciudad fue el último puerto seguro antes de adentrarse en un mar de arena. Detrás de la urbe comienza el corredor de Gansu, una sucesión larga y estrecha de desierto, semidesierto y algunos oasis, que más adelante se convierte en el temido Takla Makan. Las montañas de Lanzhou son tan altas que el sol tarda casi hasta el mediodía en escalar sus cumbres. Hace unos diez años, un grupo de tecnócratas tuvo la idea de derribar una montaña entera para que más luz y aire fresco entraran en la ciudad. El plan no se llevó a cabo, pero constantemente se realizan voladuras para permitir que el viento se lleve el aire contaminado por las brechas así abiertas. Por doquier se manifiesta una voluntad radical de transformar las cosas. En el arrabal nororiental de Lanzhou, donde hace pocos años florecían numerosos manzanos, ahora se alza la “Oriental Skyline”, un monstruo arquitectónico construido en forma de dragón que incluye un centro de bienestar (wellness) tiendas y apartamentos. La señora Ni Ya Wang nos guía por el edificio. Ella se autodenomina “consultant”, y también su tarjeta está americanizada: contrario a la costumbre china, el apellido viene detrás del nombre.
–Este ascensor es de Finlandia –nos informa con orgullo– y el aire acondicionado, de Estados Unidos. Toque el mármol, lo hemos traído de Italia.
Sus dedos rozan la piedra blanca casi con reverencia. Todo es grande, caro y exquisito: en resumidas cuentas, digno de veneración. Una nueva religión parece haber desembarcado en China, muchos siglos después del budismo y el islam. Una fe que ahora parece profesar incluso el Gobierno: el materialismo puro y duro. Entramos en un lujoso apartamento modelo y miramos por la ventana. Hacia el sur fluye el lodoso cauce del Huang He, el río amarillo. Cuando queremos echar un vistazo hacia el este, la señora Wang intenta discretamente bloquearnos la vista: allí están los alojamientos de los trabajadores nómadas . Y es que hoy día, la mercancía más importante que circula por la ruta de la seda es la mano de obra. No hay nada que nos retenga en la ciudad. Algunas mezquitas y templos valen la pena, pero el polvo omnipresente, la suciedad y el gran número de bloques de viviendas desangelados, construidos al estilo socialista, nos quitan las ganas de quedarnos. Lo que sí nos sorprende es el aeropuerto. Aunque provincial, se podría describir como higiénicamente impecable. Un avión nos lleva a Dunhuang, mil kilómetros más al oeste.
El antiguo oasis se encuentra rodeado por los desiertos del Gobi y el Kumtagh. Dos puntos atraen al turismo: los cercanos paisajes de dunas, tan altas como casas, y las grutas de Mogao. A partir del siglo IV, un grupo de monjes creó allí el mayor templo rupestre de Asia Central: las Cuevas de los Mil Budas . Al abrigo de la roca, albergan tesoros religiosos y artísticos únicos. Se han conservado 492 grutas que atesoran pinturas en las paredes, esculturas, estatuas de Buda y pergaminos con valiosos dibujos e importantes textos. Los monjes, copiando magistralmente los contenidos de la fe, acumulaban méritos en su camino hacia la iluminación. Sentimos la fuerza espiritual del lugar, situado en un paisaje singularmente pintoresco y silencioso. Más tarde, damos un paseo en trineo poco común: uno no se desliza todos los días por auténticos rascacielos de arena.
Visita nuestro especial de la RUTA DE LA SEDA
© Per-Anders Pettersson
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