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Sáhara, un siglo de lluvias

En el Gilf al-Kabir, Kröpelin investigó los sedimentos de un embalse de grandes dimensiones. Con varios centenares de metros de anchura, se había originado hacía 10.500 años por acumulación del agua de lluvia, y se había transformado en un valle cuyo canal de desagüe estaba bloqueado por una duna. Tras 5.600 años, la barrera de contención se quebró debido a “un siglo de lluvias”, según la hipótesis de Kröpelin.

En sudán, en el extremo sur del Sahara, el científico estudió el uadi Howar. Almásy ya había dejado escrito que este inmenso valle seco era “un antiguo río con un caudal imponente, cuyas aguas desembocaban probablemente en el Nilo”. En el curso inferior, Kröpelin se topó con sedimentos de una región salpicada de lagos y canales. “Debió de ser en otro tiempo una zona pantanosa”. Inmersos en las aguas de este afluente del Nilo, de casi 1.100 kilómetros de longitud, numerosos animales se desplazaron a regiones del interior occidental. Esto explica el hallazgo de conchas de moluscos y huesos de percas propios del Nilo.

También reverdeció el paisaje del desierto en otras zonas del Sáhara. Desde el macizo de Hoggar y otras cordilleras descendían grandes ríos a las llanuras. Se formaban lagos por doquier, algunos de enormes dimensiones. El lago Chad, hoy amenazado por la desecación, se convirtió en un gigantesco mar interior. Su nivel superaba en 40 metros el actual y ocupaba una extensión equivalente a Alemania. En poco tiempo el campo de dunas, que se originó en el período glacial, se transformó en un herbazal.

Mayores mares de arena del Sáhara central

Ladislaus E. Almásy

Las arenas desérticas humedecidas por el agua de lluvia, son muy fértiles. Como el índice de pluviosidad fue extremadamente bajo en la época de sequía, los nutrientes minerales permanecieron en el suelo al no haber sido arrastrados por las corrientes. Al principio, las dunas se cubrieron de una densa hierba, posteriormente se desarrolló la flora arbustiva y finalmente la fronda de árboles. El manto de vegetación impidió que el viento formara remolinos en la arena y detuvo así el movimiento de las dunas. El agua se acumulaba en las hondonadas existentes entre las montañas de arena consolidada. Este proceso es el que dio origen a la exuberante región lacustre del suroeste de Libia a partir de uno de los mayores mares de arena del Sáhara central. Por este biotopo húmedo transitaban elefantes , búfalos, avestruces y leopardos. También se conservan huellas de hombres, que seguían los pasos de las manadas de animales en su camino hacia el norte. Los cazadores y recolectores no sólo obtenían ricos botines en el mar de arena transformado en terreno cenagoso. En cualquier lugar del Sáhara donde hubiera agua se pueden hallar vestigios de sus asentamientos. Como atestiguan los anzuelos y arpones de hueso encontrados en la zona, practicaban la pesca para subsistir, y como muestran las pinturas rupestres descubiertas en la cordillera argelina del Tassili, las mujeres cosechaban cereal silvestre.

El reverdecimiento del Sáhara fue la consecuencia de leves oscilaciones periódicas de la órbita y el eje de rotación terrestres. En virtud de este movimiento fluctuante, hace 16.000 años, la distancia entre la Tierra y el Sol en verano era menor en el hemisferio Norte a la de hoy. Por tanto, esta zona del planeta estaba expuesta a una radiación solar más intensa y los efectos del monzón estival se reforzaban en el norte de África, según los investigadores del clima.

Hoy, la fuerza de las lluvias monzónicas estivales también depende de la banda de la depresión barométrica, que ocupa una franja del globo por encima de la zona intertropical. En ella no sólo prospera el ecosistema de la selva lluviosa, sino que de aquí parten también las grandes masas de aire que se incorporan a la circulación atmosférica y determinan el clima del Sáhara.

El lago salado Umm Al Ma’a

Así, en las regiones cercanas a la latitud del ecuador, donde la radiación solar es intensa, el aire caliente y húmedo asciende. En las capas superiores de la atmósfera se vuelve a enfriar, además de bajar el grado de humedad, y de esta forma se originan las lluvias de la franja intertropical. En los estratos más altos de la zona de depresión barométrica, el aire seco circula hacia el norte y el sur y desciende algunos grados en las franjas septentrional y meridional en torno a los trópicos. Hacia los 30 grados de latitud da lugar a zonas de alta presión estables, antes de refluir al ecuador y completar el circuito.

Así surgieron grandes extensiones donde impera la sequía: los desiertos de la zona intertropical, situados al borde de las franjas de sabana que delimitan la selva lluviosa tropical al norte y al sur. A esta tipología pertenece también el Sáhara. Sin embargo, la posición del área de baja presión varía durante un año, según la absorción de radiación solar; es decir, cuando en el hemisferio septentrional es verano, se desplaza hacia el norte. Esto explica que en la región semidesértica del Sahel, al sur del Sáhara, se produzcan en verano lluvias monzónicas. De igual modo, el mayor índice de radiación solar estableció hace unos 16.000 años los límites pluviométricos: se produjo un desplazamiento hacia el norte de cientos de kilómetros, espacio suficiente para que reverdecieran grandes extensiones de desierto.

Sin embargo, esta situación idílica duró sólo algunos milenios. Secciones cilíndricas con muestras del fondo oceánico extraídas frente a las costas de Mauritania indican que hace unos 5.500 años sobrevino allí un cambio dramático: en el lapso de apenas unos siglos, la cantidad de polvo transportada por el viento desde el Sáhara occidental al mar, y que se depositó en sus fondos, aumentó drásticamente, un indicio de que el desierto avanzaba a pasos de gigante.

Las oscilaciones periódicas de la órbita y el eje de rotación terrestres no pueden explicar por sí solas este cambio repentino, sino que más bien se debió a una acción recíproca entre la vegetación y la atmósfera, que dio lugar a la siguiente tendencia. Al cesar las lluvias, la cubierta vegetal comenzó a retroceder, lo que a su vez incidió en las precipitaciones provocando un descenso de la pluviosidad. La flora escasa y rala tuvo como consecuencia un incremento de superficies claras en el Sáhara y por tanto un aumento de la luz solar reflejada. Esta tendencia creciente a reflejar la radiación incidente tuvo efectos sobre la circulación atmosférica en la región septentrional del continente africano , en la medida en que la temperatura de las masas de aire sobre el desierto bajó considerablemente y provocó una disminución de las masas de aire. El siguiente eslabón en la secuencia de efectos encadenados fue la paulatina desaparición de las nubes portadoras de lluvia y un nuevo retroceso del manto vegetal. La progresiva destrucción de esta cobertura vegetal derivó en un proceso denominado “acoplamiento regenerativo”, que aceleró aún más la desertización.

Alteración de las condiciones climatológicas

Los investigadores del clima sugieren que en la región norteafricana sólo existen dos tipos de espacios naturales que puedan mantenerse en condiciones relativamente estables: el paisaje verde de la sabana y el desierto. Como en una balanza, el clima reacciona ante la más insignificante alteración de las condiciones, y al romperse el equilibrio, los platillos se pueden inclinar hacia un lado o el contrario.

Hace cinco milenios y medio fue un leve retroceso de las lluvias el que rompió el sistema de fuerzas. Y esta alteración tuvo consecuencias muy graves: en muchos lugares del Sáhara menguó el nivel de las aguas subterráneas. Primero sucumbieron los árboles, luego perecieron los arbustos y los pastizales. Las antiquísimas dunas ganaron de nuevo terreno y trajeron las arenas que luego el viento fue moldeando. Los lagos se salinizaron y, finalmente, se desecaron. Esta transformación sucedió de forma relativamente rápida en el Sáhara occidental.

Ver la galería de las mejores fotografías de desiertos de Michael Martin :

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