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Historia y arquitectura colonial

Esplendor palaciego en la India

calle Chitpur Road

Al norte de Calcuta, un puñado de suntuosos palacios recuerda la historia de los babus, antiguos comerciantes bengalíes enriquecidos gracias al comercio con los británicos. En sus ricos salones resuenan ecos secretos de la historia colonial y memorias de las influyentes familias que los habitaron. Hoy, su estampa resiste el paso del tiempo y la decadencia con un esplendor añejo que deslumbra a los arquitectos que intentan recuperarlos.

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Al anochecer, cuando los vendedores de Chitpur Road, al norte de Calcuta, han recogido sus baratijas de la acera, la calle se convierte en un gran dormitorio. Hombres y mujeres pasan la noche tumbados en el suelo, en una atmósfera bochornosa de más de 40 grados centígrados. Encima de ellos se alzan columnas con capiteles corintios, frisos con flores de lis, leones de estuco con la pata delantera levantada, estatuas de Venus y almenas de castillos escoceses. Es un legado arquitectónico singular, teñido de oro por los últimos rayos del sol: los palacios urbanos de los llamados babus, los mercaderes que, desde mediados del siglo XVIII, acumularon fantásticas riquezas gracias al comercio con la Compañía Británica de las Indias Orientales. Hicieron levantar residencias con fachadas inspiradas en los edificios clasicistas de los amos coloniales. De este modo, Calcuta se convirtió en la segunda metrópolis más esplendorosa de todo el Imperio, después de Londres.

Proyecto Chitpur Road

En su interior, sin embargo, estas casas conservaron el alma hindú. Las conversaciones en los salones pronto dejaron de concentrarse en cargamentos de barcos y cricket, y pasaron a girar sobre reformas políticas, literatura revolucionaria y la independencia de Inglaterra. En ningún otro lugar como en Chitpur Road, la vieja India y el joven Imperio Británico llegaron a estar tan cerca. En este cruce de ambas civilizaciones se hallan las cunas de la India moderna: son 200 o, quizá, 300 casas. Después de cada monzón, unas cuantas desaparecen.

Si pudiera salvar tan sólo un puñado de estas mansiones, la arquitecta Kamalika Bose sería feliz. Esta joven de 26 años ha hecho su tesina sobre los palacios de los babus. Como sus propietarios suelen ser vástagos empobrecidos de familias antaño ricas, Bose rescata, sobre todo, recuerdos. Ha tomado las medidas de muchas moradas, ha calcado los frisos, ha fotografiado los azulejos belgas, y ha elegido los edificios que forman parte del Proyecto Chitpur Road, en el que 21 estudiantes de fotografía han conservado en imágenes el esplendor y la diversidad del norte de Calcuta. En un principio, Kamalika Bose quería documentar cinco casas; al final, fueron 55.

Ofrenda a la diosa Durga

"No puedes llegar al norte de Calcuta con un plan preconcebido", dice Bose. Durante largo tiempo no ha hecho más que perderse en el laberinto de callejuelas, donde hizo interesantes descubrimientos, como la mansión de Jadulal Mullick.

Un estrecho pasillo conduce hacia una pesada puerta que se abre a un patio del tamaño aproximado de una cancha de tenis. A él se asoman barandillas realizadas con filigranas de hierro y lámparas de gas estilo art déco; lo rodean columnatas cuyos arcos lucen flores de estuco. Celosías de madera cubren los balcones del primer piso: antaño, las mujeres y los niños de la casa tenían que asistir, sin ser vistos, a los conciertos y las funciones de títeres en el escenario ligeramente elevado del patio.

Más tarde, el joven Rajat Mullick, único nieto de una gran estirpe, abre ambas alas de la puerta del amplio salón y disfruta de la sorpresa de sus visitantes. No sabemos a dónde dirigir nuestras miradas primero: ¿a las pinturas de trampantojo del techo de madera, a las arañas de cristal, altas como un hombre, que cuelgan de las vigas envueltas en plástico? ¿A la mesa, donde se podría dar un banquete para 40 o 50 invitados? ¿O a las esculturas de mármol de Europa, Venus y Atlas, o a las sombrías pinturas al óleo?

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Hacia 1850, los arquitectos británicos de la empresa Mackintosh & Burn habían importado vigas de hierro y otros materiales de construcción desde Londres; fue un cargamento que llenó un barco entero. El exterior del palacio lo diseñaron al estilo neobarroco, casi discreto en comparación con el edificio que un vecino erigió unas calles más allá: un castillo de las Tierras Altas de Escocia, con almenas y torrecillas.

Antigüedad clásica en la India

Pero las fachadas eran fachadas y pretendían ser una demostración de poder. Los leones ante las puertas y las columnas eran símbolos del rango de los moradores, señales para impresionar a los amos coloniales ingleses y para ser tomados en serio por ellos. La distribución de las habitaciones en el interior de los palacios, sin embargo, estaba influida por el estilo de los mogules, soberanos islámicos de origen mongol. Cuando llegaron los británicos, éstos gobernaban todavía buena parte de la India.

Decadencia de los palacios de la India

Los hindúes ricos y educados, aunque nunca adoptaron la fe musulmana, tomaron muchas costumbres de los monarcas. Entre otras, la llamada purda: la estricta prohibición de que las mujeres hablen con hombres que no pertenecen a la familia o que intercambien miradas furtivas con ellos. Por eso, la mayoría de los palacios tenía dos patios: uno grande para la celebración de actos, en cuya cabecera normalmente se encontraba el templo casero, el thakur dalan. Y otro más pequeño, refugio para los niños y las mujeres, alrededor del que se agrupaban porches que daban sombra y dormitorios. A veces, un clan familiar tenía más de cien miembros; había una gran cocina para abastecer a todos, un bazar, un templo propio, y en algún caso, incluso un zoológico privado.

Riquezas fabulosas permitieron la construcción de estos palacios, fortunas acumuladas en pocos años gracias al auge de la economía colonial. En 1690, los ingleses fundaron en la región de la actual Calcuta una filial comercial, que ampliaron durante los años siguientes. Al no hablar persa, la lengua de las cortes mogules, ni bengalí, los forasteros necesitaban intérpretes e intermediarios. Ellos fueron hombres como Nabakrishna Deb, que enseñó persa al primer gobernador general, Warren Hastings (1773-1784), o como Ratan Sarkar, un lavandero proveniente de una casta baja, que consiguió el puesto de dobhashi, traductor, en un barco británico gracias a un malentendido lingüístico: pensaba que los marineros buscaban un dhoba (lavandero). No obstante, se adaptó rápidamente a la nueva tarea y llegó a ser uno de los hombres más prósperos de la ciudad.

La riqueza de una colonia británica

Desde mediados del siglo XVIII, los británicos desafiaban cada vez más al gobierno del nawab, gobernador bengalí del gran mogul. Fueron los mercaderes de Calcuta quienes se confabularon con los aventureros ingleses, preparando así el derrocamiento de los antiguos soberanos. Como recompensa, los británicos les otorgaron títulos honorarios y riquezas provenientes de las cámaras del tesoro del derrotado nawab, dinero con el que más tarde compraron extensas tierras.

Los ingleses necesitaban a los comerciantes para fortalecer su dominio a lo largo de las décadas venideras, pero el estilo de vida de estos nuevos ricos no se correspondía precisamente con la subestimación que hacia ellos sentían los británicos. Los babus competían por organizar las fiestas religiosas más fastuosas; alardeaban de no llevar ninguna prenda dos veces y encendían sus puros con billetes de rupias.

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