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Historia de las Vías Verdes

Este es el resumen de una historia de amor: la surgida entre muchos pueblos de provincias y su tren. Una relación que tuvo un comienzo apasionado, que pasó por desencuentros y olvidos; y que hoy, gracias al renacido interés por lo natural, va recuperando aquel afecto de antaño. Te proponemos vivir la vía desde los caminos del tren...

Vías Verdes de España

En los corredores de los grandes hoteles o en los gabinetes secretos de los balnearios vanguardistas, todavía cuelgan de la pared grabados en los que se representa de espaldas a gente vestida de forma extemporánea contemplando con arrobo el paso de un tren humeante. Ni existe ya esa especie de trenes, ni quizás espectadores que los busquen para admirarlos. Si fue inventado el ferrocarril casi al mismo tiempo que el romanticismo, aquel género de curiosidad y de pasión murió cuando se desvaneció tal sensibilidad.

Su alma ha quedado encerrada en los grabados antiguos y en una amanerada e invencible nostalgia. O en las retrospectivas histórico-culturales para regresar a los trenes legendarios del pasado o establecer efímeras recuperaciones: al Orient Express, al Canadian Pacific, al Reina del Desierto de los maharajás... Sobrevive felizmente una generación de personas cuya niñez y adolescencia están impregnadas por la estampa de aquellos renqueantes y ruidosos trenes de posguerra, que avanzaban arrastrados por negras, feroces, hirvientes locomotoras. Familiarmente se llamaban “el correo”, “el expreso”, “el mixto”, “los mercancías”, “el del pescado”, “el carbonero”... Incluso había lujosos trenes oficiales o especiales en los cuales seguramente viajaban Franco, como antes lo habían hecho Negrín, Azaña, Indalecio Prieto, el general Primo de Rivera, el rey Alfonso XIII con toda su corte... Cada convoy poseía imagen propia y exhalaba aroma particular. Ningún tren era igual a otro; se distinguían unos de otros no sólo por su longitud y recorrido, sino también por su naturaleza y comportamiento.

De viejos caminos ferroviarios a rutas verdes

Si tal vez para muchos jóvenes de hoy las imprecisas huellas de los viejos caminos ferroviarios apenas significan otra cosa que senderos de esfuerzo deportivo o de raro descubrimiento. Esos jóvenes acumularán quizás una nostalgia distinta, un mundo mágico y germinal de los ferrocarriles de antaño.

Frente a muchas aldeas hay una cadena de colinas, y por la llanura del otro lado cruzaban raíles infinitos. Pocos placeres tan sutiles como oír los trenes silbadores que de tarde en tarde subían o bajaban a y de Asturias o Galicia. De noche atronaban la planicie, y en verano aquel lejano fragor, que era el de la cultura, de la civilización, del misterio, de la magia, se internaba en los trigales y llegaba con los carros de mies a las ventanas abiertas de cada soñador. Siempre, claro, sabía o sospechaba todo el mundo qué tren era aquel, como si cada uno distribuyera su privada música por la meseta.

Naturalmente, el placer máximo consistía en subir a alguno de aquellos vagones, en viajes que poco a poco se iban haciendo más largos, más difíciles y más tristes... Vagones de tercera con asientos corridos de tablas, alguien que siempre lloraba a tu lado y también alguien que reía.

Recuerdos de un viajero

Vía Verde del Aceite

No hacían falta presentaciones ni ceremonias mayores para enhebrar larga conversación y para modestos convites. Resulta increíble que fueran tan lentos aquellos trenes, que se parasen de pronto en medio del campo durante una hora, dos horas, o frente a una estación cuyos habitantes se acercaban a charlar con los pasajeros temporalmente abandonados.

Las estaciones que hoy parecen agresores centros comerciales y de las que todos quieren escapar enseguida, porque siempre hay tanta prisa, en muchas ciudades eran hospitalarios centros de acogida. De día, para paseantes curiosos y aburridos; de noche, para adictos a la última copa y para los enfermos de sueños jamás cumplidos, amantes de quimeras. En todas había un letrero de esmalte blanco: “Billetes”, “Jefe de estación”, “Urinarios”, “Almacén”...

Raras estaciones, enormes marquesinas de hierro, el reloj, la sala de espera. Se han empeñado siempre en decir que las estaciones eran feas (Zola). Y un viajero crítico, Ángel Ganivet, añadía: “Cuando (...) vamos viendo una tras otra nuestras miserables estaciones de ferrocarril, cortadas por el mismo patrón, ocurre también decir: ¿Esto es una nación o un hospital? Y se nos presenta en su entera desnudez el desamparo de ideas en que vivimos”.

Junto a las formidables locomotoras clásicas –las Santafé, las Mikado, las humildes chocolateras de “las maniobras”– que ni siquiera han merecido, después de lustros de trabajo, la medalla de un desguace honroso, la desidia de todo un país se manifiesta en el abandono y la ruina de muchas de esas dulcísimas viejas estaciones entre cuyas paredes fructificó tanta vida y que ampararon a tantas gentes: a los viajeros; a los ferroviarios; a quienes iban a desgranar en ellas sus horas de ocio, de soledad y de vacío. El abandono, la indiferencia, el vandalismo más abrumador han ido acabando con casi todas.

¿Cómo surgieron las Vías Verdes?

Está llena España de trenes muertos, de estaciones muertas, de vías muertas. Unos 7.000 kilómetros de estos caminos muertos se han contado, grandes y pequeños: los larguísimos que no se terminaron nunca, como el de Valencia a Santander (se abandonó en 1960 cuando quedaban por construir sólo 60 de los 734 kilómetros que tenía); y otros tan breves e insólitos como el de Vicálvaro a Alocén, por el valle del Tajuña, o el de Madrid a Arganda, “que pita más que anda”... En el listado también figuran el de Sádaba a Gallur, el que trepaba desde Vélez-Málaga a Granada por las montañas de la Axarquía, el que se perdió en La Fregeneda, camino de Portugal, con sus trece puentes metálicos estilo Eiffel y sus 20 túneles en sólo 17 kilómetros, inaugurado en 1887; y otro también de vía estrecha que debió de pensarse para transportar trigo y lechazos por la Tierra de Campos...

En España existían en 1993 más de 7.600 kilómetros de líneas que ya no tienen servicio de trenes, o que nunca llegaron a tenerlo por quedar inconclusas las obras de construcción. Este patrimonio de gran valor histórico y cultural, está rescatado de su olvido y la desaparición total, dado que ofrece un enorme potencial para desarrollar iniciativas de reutilización con fines ecoturísticos, acordes a las nuevas demandas sociales.

Desde 1993, estos antiguos trazados ferroviarios están siendo acondicionados para ser recorridos por viajeros un tanto diferentes a los que los transitaron en tren: cicloturistas, caminantes y personas con movilidad reducida que quieren vivir la vía desde los caminos del tren... ¿Quieres conocer alguna Vía Verde?

Vía Verde de los Ojos Negros

Vía Verde de Plazaola

Vía Verde de la Sierra

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