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Japón, entre tradiciones milenarias y tecnologías futuristas
Japón, el país que en el siglo XX logró aunar en un tiempo récord tradiciones milenarias y tecnologías futuristas. Ahora se prepara para estar habitado a medio plazo por ancianos solitarios que caminan de la mano de coloridos y amistosos robots.
Enfermeros cibernéticos, camareras humanoides y mascotas robots son algunos de los aparatos lanzados por su industria electrónica, empeñada en desarrollar productos superventas para una sociedad que envejece a ritmo acelerado y carece de infraestructuras suficientes para el cuidado personal de la tercera edad.
El rápido envejecimiento de la población, que afecta a otros países desarrollados, tiene el paradójico “agravante” de la buena salud y la longevidad del japonés medio, cuya expectativa de vida ronda los 82 años. El 20% de la población del país sobrepasa los 65 años y muchas empresas de juguetes, ropa infantil y libros de texto ha quebrado…por ello y porque han sentido en sus carnes la coyuntura económica. Japón tiene su propia crisis.
Documental de Japón: una sociedad envejecida
Para el 2050, la proporción de mayores de 65 años será del 40% y muchas industrias lo aceptan como una condición irreversible que requiere nuevas estrategias para hacer frente a un mercado cada vez más amplio.
El pionero en determinar que la vejez es un interesante y prometedor sector de consumo fue el fabricante de cosméticos Shiseido que en el año 2000 identificó una sustancia que denominó “noneal” y a la cual atribuyó un olor “entre dulzón y graso” característico de la tercera edad, según sus investigadores. En un país donde el baño diario es norma y la higiene una obsesión nacional, los olores corporales, sean naturales o artificiales, generan sospecha, y Shiseido anunció de inmediato su línea de perfumes confeccionada con el objetivo único de neutralizar los aromas de la vejez.
La generación del baby boom, que a partir de 2007 se jubila con pagas millonarias, ha generado además una industria del descanso y la salud que tiene su mejor expresión en formas tradicionales, como los masajes y el yoga.
Mascotas ¿robotizadas?
La búsqueda del bienestar favorece además la creciente afición a las mascotas vivas o, en las versiones más autóctonas y modernas, robotizadas. Una muestra representativa de la atención de la industria japonesa por la tercera edad puede ser el buzón de la señora Kimi Hara, ex profesora universitaria de 93 años residente en Tokio y destinataria de una pequeña carga regular de catálogos sobre productos que van desde almohadas para reducir la fatiga hasta automóviles con sillas de ruedas.
Después de trabajar en universidades, la profesora Hara se jubiló y dejó de conducir a los 70 años, un caso raro para el japonés medio que, temeroso de sufrir o provocar accidentes, suele abandonar el volante a los 65 años.
Amenazados por el descenso del parque automotor, los fabricantes de coches tratan de mantener al volante a más personas mayores con buena salud y diseñan asientos giratorios para facilitar el abordaje de personas con movilidad limitada, tacómetros con números magnificados y dispositivos que anuncian con voz el estado de los semáforos o previenen al conductor somnoliento.
¿Por qué en Japón aman a los robots?
Hasta ahora, las asistentes sociales eran todas mujeres en la cuarentena y en un par de décadas estarán en el umbral de la tercera edad, por lo que el relevo podrían ser inmigrantes venidas del sudeste de Asia o de América Latina. O quizá, más en concordancia con la evolución de esta sociedad de idioma único y alta tecnología, humanoides con un simple viaje a Japón.
Entregar seres queridos al cuidado de aparatos cibernéticos puede parecer una idea desalmada o fría, pero no en Japón, donde las raíces animistas de su principal religión, el sintoísmo, han eliminado el miedo atávico hacia los robots como enemigos del hombre. El panteísmo, que permea el sintoísmo, otorga carácter divino a todo lo que nos rodea y propicia una relación armoniosa, o al menos sinceramente afectiva, de los seres humanos con las máquinas que simulan cada vez con más realismo apariencias y conductas humanas.
Japón se enorgullece, además, de tener entre sus juguetes de la antigüedad a muñecos mecánicos precursores de los artilugios actuales. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el robot ha sido un personaje recurrente en las fantasías de la cultura popular, como las películas de animación y el manga (cómic).
Japón y la inteligencia artificial
Adultos que crecieron con las historietas de Astroboy, un niño robot, admiran con sus hijos las piruetas de humanoides como Asimo, cuyo nombre es un guiño a Isaac Asimov, el escritor y bioquímico estadounidense, nacido en Rusia, que en previsión de un mundo cada vez más poblado por máquinas enunció los principios éticos de los seres gobernados por la inteligencia artificial.
Una imagen muy elocuente de la relación japonesa entre el hombre y el robot es el humanoide creado por el profesor Hiroshi Ishiguro de la Universidad de Osaka a su imagen y semejanza.
Llamado Geminoid, el invento del profesor Ishiguro es una réplica inquietante suya, que a diferencia de una inanimada y fiel escultura de cera, gesticula y repite sus expresiones faciales y su voz. Que el ser humano es el modelo a seguir en la robótica se confirma en universidades, centros de investigaciones y empresas que dedican millones de yenes al desarrollo y experimentación de sistemas que reproduzcan la anatomía humana con cables, circuitos integrados y látex.
La apariencia de robot “tradicional”, más en la línea de los protagonistas de La guerra de las galaxias, es otra tendencia cuyo mejor exponente es Wakamaru, el más popular en la actualidad por ser recepcionista de muchos edificios, que reconoce las caras registradas en su memoria y es capaz de emitir mensajes cariñosos a los miembros de una misma familia en una pantalla ubicada en su pecho.
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