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Por las calles de Córdoba

Córdoba de los palacios

Plazas, callejuelas, patios fragantes, ecos de otras épocas... El casco antiguo cordobés invita al extravío, aunque la Mezquita acaba guiando los pasos en este dédalo de tesoros y sorpresas.

Córdoba se escribe en primera persona. No por una cuestión de protagonismo; simplemente porque es imposible desprenderse de ella, se hace carne propia en cuerpos ajenos. Dentro de las ciudades incluidas en el Patrimonio de la Humanidad, Córdoba es la huella y la cicatriz: marca para siempre. Aquí reinan las callejuelas y los patios umbríos y fragantes. Las casas blancas , los arcos, las tres culturas, los naranjos, los molinos y las noches. Y los días. A Córdoba se le lleva en los cinco sentidos desde el primer día.

La ciudad tiene un estigma: la Mezquita la sobrepasa y la abandera. A veces de un modo tan flagrante que es lo primero que se busca, lo único que se pretende encontrar. Y hay más, mucho más para ver.

Pasado monumental de Córdoba

El pasado monumental de Córdoba se remonta al Puente Romano y a la época de Julio César, a mediados del siglo I antes de Cristo. Por allí no pasaron los musulmanes al invadir la ciudad: los escritos árabes recuerdan que estaba destruido. Poco después, el emir Al Sahm (tercero en la historia de Al Andalus) inauguró la primera de las reconstrucciones en el año 720; a partir de entonces, el perfil del puente se fue amoldando a los tiempos y las corrientes: islámicas, góticas, barrocas… hasta la última reforma, que se llevó a cabo en 1876.

Veo luego el Alcázar de los Reyes Cristianos, recortado en el cielo, con sus cuatro torres y su pasado "ambidiestro": ha sido moro (su nombre es su seña) y monárquico, capilla y cárcel, baños cristianos, de inspiración musulmana, y pasaje a mejor vida: un sarcófago , del siglo III y pagano para más señas, materializa el tránsito de los muertos al más allá.

Más acá, aún reniego del mapa y me topo de frente con el mito del centauro español, el mejor purasangre del Viejo Mundo. En 1570, Felipe II mandó construir sobre el alcázar omeya las Caballerizas Reales, en una indudable metáfora arquitectónica: los caballos  que aquí se criaran unirían la fuerza de la raza andaluza y la velocidad de la estirpe árabe. Así, la cuadra principal es una sucesión de bóvedas y arcos que “cabalgan” por el recinto aportando, a la vez, una ligereza visual y una fortaleza estructural que recrean las cualidades de las monturas que hicieron de un país su raza. Hoy, la edificación pertenece al Ayuntamiento, que planea acondicionar aquí el Centro Internacional del Caballo, donde tendrá cabida un museo de carruajes, espectáculos ecuestres y un centro de formación con talleres de artesanía.

Por las calles empedrada de Córdoba

Mapa de Córdoba

Y entonces sí, las calles, empedradas y sinuosas, ascendentes y laberínticas, se suceden como pasajes ininterrumpidos, como cofres de tesoros que sólo hay que abrir. Allí está la Posada del Potro, ubicada en la plaza del mismo nombre y que muestra sin pudor cómo era una vivienda en el siglo XIV. Aunque lo hace con cierta nostalgia: se trata del último representante de seis mesones que custodiaban la plaza en la Edad Media. Pero la sucesión de cofres y tesoros en Córdoba no cesa. Aparece, de la nada, el Palacio de Viana. Habitado desde el siglo XIV hasta 1980, hoy es el policromo “Museo de los Patios”, al menos popularmente. 

Las tres culturas de la ciudad de Córdoba

Más tarde me encontraré con el Museo Arqueológico, un viaje en el tiempo, desde la Prehistoria hasta la Edad Media. Me sentaré a la sombra de las torres… La de Malmuerta y su arco vasto e inalcanzable. La de Calahorra y su mirilla a un pasado de tolerancia y crecimiento, expuestos en el Museo de las Tres Culturas. La Calleja de las Flores es la única calle del mundo que se recorre con los cinco sentidos: el tacto de la piedra, el olor de las flores, el blanco de las paredes que lastima de tan puro, el goteo de la fuente y el sabor de lo verdadero en cada paso. 

Hasta que exactamente allí, en la fuente, la vista se levanta y, por fin, se yergue y alza la Mezquita, el primer monumento islámico en todo Occidente. Sus raíces se hunden bajo un templo dedicado a la romana Juno y una basílica bizantina y visigoda. Sus famosos arcos de herradura eran un modelo del arte visigodo, que los árabes llevarían a todo el mundo. Su orientación es prácticamente única en el mundo mahometano. Mientras la mayoría de las mezquitas dirigen su mirada a La Meca, ésta, junto a la de Damasco (sede del Califato en la época que comenzó la dominación musulmana), se orienta hacia el sur. Todo esto no basta, no alcanza para abarcar la profusión de arcos, 365 en total, los mosaicos bizantinos. Y es probablemente aquí donde yace el secreto de la ciudad: la tolerancia. Aun cuando habían pasado décadas desde que los musulmanes fueran expulsados de España, Carlos V y el Obispo Manrique coincidieron en la necesidad de construir una catedral dentro de la Mezquita, pero respetando la planta original. 

La Mezquita-Catedral de Córdoba

Seguramente, Córdoba supuso el apogeo de crecimiento y tolerancia en la Edad Media. Basta mencionar dos nombres universales: el filósofo Averroes y el humanista Maimónides. El primero, musulmán, introdujo el pensamiento aristotélico en Occidente. Por su parte, el judío Maimónides tuvo una gran influencia en la filosofía islámica e incluso en Santo Tomás de Aquino con su libro La guía de los perplejos.

De este periodo fructífero quedan huellas más allá de la Mezquita-Catedral. Una de ellas es la Casa de Sefarad, centro cultural ubicado en la Judería. Alberga una exposición sobre la vida doméstica, las mujeres de Al-Andalus, la propia Judería, los ciclos festivos y la música sefardí. También en Córdoba sigue en pie una de las tres sinagogas que quedan en España  (las otras dos están en Toledo ). Como es habitual en estos templos, la entrada no se hace desde la calle: antes hay que atravesar un patio interior. Entre sus rasgos más interesantes cabe señalar la profusión de alegorías labradas en sus paredes y la pequeña galería desde que las mujeres observaban las ceremonias, apartadas de los hombres. Finalmente, y pese a no estar propiamente en Córdoba, entra aquí, por derecho y belleza, Medina Azahara, ciudadela construida en 936 por Abderramán III. Aquí todavía es posible perfilar los jardines en terrazas escalonadas y espiar la belleza de las pinturas y de un complejo arquitectónico  que transporta hasta la magnificencia de la Córdoba califal.

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