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María Chuecos

Una visión personal de Sarajevo

Miljacka, el río que cruza Sarajevo

Hay ciudades en las que los límites entre la realidad y la ficción se difuminan. Resulta difícil saber si sus gentes, sus callejones y sus edificios forman parte de un triste sueño o son las huellas de una realidad que, en algún tiempo atrás, mostró su rostro más cruel.

Sarajevo es una simbiosis de belleza y horror, destrucción y reconstrucción, de la muerte y la vida en su estado más puro. Caminando por sus afueras descubres las heridas de la historia más reciente, ésa que volcó su rabia en forma de balas y granadas. Avenidas cercadas por edificios perforados de metralla en cuyo interior cientos de familias intentan llevar a cabo de nuevo una vida normal. Sarajevo nunca sucumbió al terror; ha sabido levantarse para caminar erguida hacia delante.

Contrastes en Sarajevo

Caracterizada por sus muchos contrastes, deja atónito al europeo occidental por el cóctel de culturas que perviven y comulgan en sus barriadas. La prueba está en que una misma calle de la ciudad alberga un ‘collage’ de sinagogas, mezquitas e iglesias cristianas o protestantes. Son muchos los fieles- musulmanes, en mi experiencia- que llevan a cabo sus oraciones rodeados por avalanchas de turistas que no quieren dejar de inmortalizar la escena. No importa, ellos están acostumbrados, y por eso te invitan a conocer su lugar sagrado una vez acaben la última oración del día. La llamada ‘Jerusalén de Europa’ brilla por su tolerancia y su naturalidad, un lugar en el que no existe ‘el otro’ sino la suma de cada uno.
Adentrarse en el casco antiguo -o Stari grad- y dejar atrás los bloques agujereados y grises de las afueras no es más que la mayor de las sorpresas para el viajero que explora esta ciudad por primera vez. Sus calles empedradas, sus casitas bajas de madera, de piedra y sus interminables comercios de abalorios confieren a la escena el encanto de una postal cuya herencia –con primacía turca- hacen pensar que acabas de zambullirte en una ciudad totalmente nueva. El color de sus cafés, adornados en su mayoría con tapices y mobiliario árabes, sus terrazas, la mezcla de músicas y los olores a búrek y cévapcici –las dos especialidades del país por excelencia- son el compendio perfecto que diseña el rostro de una ciudad mágica, moderna, adaptable y sin complejos.

La capital de Bosnia Herzegovina, Sarajevo

Sarajevo se abre exultante al mundo tras su resurrección. Prueba de ello es, además, la sorprendente vida nocturna que confiere a la ciudad un aspecto bipolar que no pasa desapercibido. Son muchos los jóvenes que disfrutan de sus bares de copas zambullidos en un ambiente hechizante hasta el amanecer.
La capital bosnia no defrauda. Hipnotiza. Pasado y presente convergen a diario en sus calles dando la mejor lección de sabiduría al fantasma de la intolerancia. Si bien es imposible no respirar la crudeza de la guerra (el increíble cementerio musulmán situado sobre una de las colinas alude directamente a su pasado atroz), caminando por ella te empapas del aroma de un porvenir que se dibuja resplandeciente y que se abre con fuerza al exterior.

Sientes que merece ser descubierta y, sobre todo, vuelves a casa sabiendo que ese triste sueño que creías haber tenido fue en realidad algo bello, único e irrepetible.

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