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Suecia
Vacaciones en una caravana
¿Qué distingue de los ánsares al que pasa sus vacaciones en una caravana? Poca cosa, opina nuestro autor Hajo Schumacher, que ha recorrido el sur de Suecia con su familia, siguiendo las huellas de Nils Holgersson: siempre buscando los mejores lugares para descansar
Ni continente ni isla: al sur de Estocolmo, la península de Tyrislöt se adentra profundamente en el mar. Hemos aparcado la caravana en el malecón desde donde podemos contemplar un mar salpicado de islotes rocosos oscuros, escarpados y en gran parte deshabitados se extiende hasta el horizonte. Es un paisaje salvaje.
Sentados sobre un banco de madera, desempacamos el pan, los platos y los vasos, comemos lonchas de salmón recién ahumado y bebemos gaseosa fría y una cerveza sueca con poco alcohol. Nuestro hijo Fritz, de 16 meses de edad, duerme la siesta sumergido en un montón de cojines en la parte trasera de la caravana. Después de la comida, mi mujer y yo disfrutamos de los rayos de sol. Los chicos grandes -Paul, de doce años, y su amigo Anton, de la misma edad- desaparecen entre las rocas y sólo nos llaman de vez en cuando con sus gritos: “Holaaa, ¿nos veis?”.
Saludos de Nils Holgersson
Hace una semana que hemos comenzado nuestro recorrido por el sur de Suecia en la ciudad de Trelleborg. Las vacaciones con la caravana han alejado a los chicos de un mundo cotidiano dominado por la escuela y los ordenadores. En las rocas juegan la defensa de Glimmingehus, la lectura de la noche de ayer, el cuarto capítulo de "El maravilloso viaje de Nils Holgersson“. El almacén medieval está habitado por ratas negras, que gozan de un alto prestigio entre los animales. Las malas ratas negras, sin embargo, tratan de conquistar Glimmingehus.
La historia del enano que sobrevuela su patria con los gansos nos acompaña a lo largo de todo el viaje, también durante el camino de vuelta de la segunda semana, cuando regresamos desde Estocolmo a Trelleborg, dando muchos bandazos. Nos sentimos menos como el enano hijo de campesino, sino más bien como los pájaros: también los habitantes de una caravana siempre están buscando buena comida y los lugares más bonitos para descansar. La novela, escrita por Selma Lagerlöf en 1906, parece describir una ruta. Fue pensada como lectura escolar para que los pequeños suecos aprendieran la geografía de su patria. Más que su colega Astrid Lindgren o la música de Abba, la excéntrica autora ha fortalecido el orgullo nacional de los suecos: en 1909, la novela le trajo el premio Nobel de literatura. Lagerlöf fue la primera mujer en recibir este galardón.
Suecia nos ha recibido con amabilidad: después de viajar siete horas en transbordador desde el puerto alemán de Rostock bordeamos la costa nocturna del mar Báltico hasta encontrar un aparcamiento con vistas al mar. En la caravana aparcada a nuestra izquierda hay unos simpáticos italianos; a la derecha, agradables holandeses. Calentamos una sopa de guisantes sobre la llama de gas. En el camarote hay sábanas conocidas sobre un colchón soportado por tablas de madera. No sólo nos hemos acostumbrado al hecho de que el vehículo, cada vez que damos la vuelta, se menee como un barco en una tormenta: nos gusta. Las caravanas son ideales para las vacaciones de padres con hijos. Para poder viajar en compañía de su familia, un tal Arist Dethleffs inventó a principios de los años treinta del siglo XX la caravana, entonces remolcada por un automóvil. Y los hogares sobre ruedas siguen de moda pues permiten adaptarse a deseos de vacaciones a veces muy divergentes. También es nuestro caso: la esposa quiere viajar al norte, explorar en vez de permanecer en un lugar. Paul y su amigo Anton sueñan con pescar con caña, tallar madera, jugar al fútbol, nadar. El más pequeño necesita una nevera para que haya leche fría y un hornillo para leche caliente, una cama para dormir y, además, una playa o un cajón de arena.
Más información del fotógrafo: http://www.astridprangel.de/
Libertad y facilidad
Aquí, el verano tiene efectos mágicos. La gente absorbe la luz solar con cada uno de los poros de la piel. Hay que compensar entre seis y ocho meses de oscuridad. Los suecos son asiduos usuarios del verano, como queda patente en la tenacidad con la que pescan con caña o navegan con vela, nadan y hacen barbacoas. Y son un pueblo práctico que estima la vida familiar. Suecia, según parece, tiene más mesas públicas para cambiar pañales que Alemania, Austria y Suiza juntos, y además, posee los servicios más limpios del mundo. No hay carteles publicitarios que afeen el paisaje y apenas existen terrenos acotados con vallas. La gente aprecia los espacios abiertos y al mismo tiempo respeta la esfera privada. Guardan la distancia, no te molestan diciendo lo mono que está tu bebé, sino sencillamente te abren la puerta.
Es un país para sentirse bien, amplio, hecho a medida para una gigantesca caravana como nuestro "Martín”. Es así como Paul ha bautizado nuestro hogar propulsado con diesel: Martín, como el amable ánsar que llevó a Nils Holgersson a través de Suecia. El vehículo alberga innumerables depósitos para latas de conservas, ropa, juegos, sillas de camping, bicicletas, cascos, tienda de campaña, parrilla y una maleta llena de cables, cuñas y ruedecitas. Durante dos semanas, Martín es nuestra “estación espacial”, optimizada hasta el depósito fecal. Desde el primer lugar de descanso, cerca de Trelleborg, apenas tardamos media hora en llegar a Västra Vemmenhög. En una de las fincas, escribe Selma Lagerlöf, el gran Nils fue convertido en enano y empezó su viaje con los gansos.
Los habitantes del pueblo son reservados. Hay un Museo Escolar que sólo abre en temporada alta y donde se exponen los duros bancos y las pizarras de aquel tiempo. Seguimos hacia el interior del país, a Övedskloster, uno de los más bonitos palacios rococó de Suecia. Aquí, Nils y los gansos estaban a punto de perder la vida: Smirre, el zorro, andaba tras ellos. El enano escapó por los pelos. En la parte trasera de la caravana leemos en voz alta el capítulo correspondiente del libro. Martín se menea relajadamente. Los niños pelean por sentarse junto al conductor. Gana el pequeño por sus continuos gritos; él no ve nada en la parte trasera del vehículo. Según el código vial, los pasajeros deberían estar sentados en la mesa con los cinturones de seguridad abrochados. Pero por supuesto que se mueven a su antojo.
A veces incluso se tumban. En el lago de Övedskloster, los muchachos quieren pescar con caña. Afortunadamente, Suecia no sólo tiene mucho espacio (para las maniobras de marcha atrás con Martín), mucho paisaje (para descansar de las maniobras con Martín), sino también tiendas para pescadores y orillas de pesca para acceder a los cuales sencillamente se compra una tarjeta de pesca en cualquier oficina de turismo. En los primeros días miramos a nuestro alrededor con cautela, temiendo meternos en una propiedad privada de la que nos echarían enseguida. Pero en Suecia las cosas son distintas.
Desde siempre rige el derecho consuetudinario de que cualquiera puede acampar en cualquier lugar fuera de vista de una casa, siempre que no se trate de un terreno marcado explícitamente como propiedad privada. Hay que llevarse la basura y no se debe destruir nada, ni siquiera arrancar unas ramitas. Si es posible, la costumbre quiere que se pregunte al propietario; este suele permitir sin problema que uno pase la noche aparcado en su terreno.
El hecho de que, pese a estas facilidades, a menudo dormimos en campings tiene otra razón: con un vehículo de cuatro toneladas resulta difícil acercarse a la orilla virgen de un lago en lugares no habilitados para tal fin. En los sitios oficiales es donde tenemos mayores posibilidades de encontrar un espacio libre. Pero aquí no reina la soledad. Nos observan más o menos discretamente por las ventanas de los vehículos vecinos, y nosotros también nos convertimos en observadores. Más divertida que la televisión es la pareja austríaca que trata de colocar su caravana en una posición recta, utilizando cuatro cuñas y un nivel de burbuja. Él está detrás del volante, avanzando o retrocediendo con el vehículo por milímetros. Ella corre alrededor del vehículo para colocar una cuña bajo cada rueda. Después de media hora se marchan furiosos por no haberlo conseguido. También nosotros tenemos cuñas. Pero hemos decidido no empezar con esta chorrada. Tampoco desplegamos el toldo como si quisiéramos delimitar el espacio aéreo de nuestra parcela. Sin embargo, así carecemos de algo que me tape mientras saco la caja fecal.
Problemas técnicos de las caravanas
Esto se hace „en un pispás“, me dijeron en el alquiler, durante la introducción de una hora. ¿Pero qué palanca tengo que accionar? El líquido oscila. Por fin logro sacar el depósito de orina. Pero cuando me dispongo a vaciarlo me desespero: alguien, pese a todas las advertencias, ha metido papel higiénico o algo por. Agito el depósito, maldiciendo. Los padres de familia que hacen cola detrás de mí sonríen. Llevan depósitos de todos los tamaños y conocen bien los problemas que a veces entrañan.
La ruta de los ánsares nos lleva a Småland, donde el país se hace boscoso y silencioso. Hay fincas pintadas del color de la sangre de buey, cielo azul, niños rubios. Flores, ningún coche en la calle, y por doquier un olor a tarta de manzana. Nos quedamos una noche en la orilla del lago Bolmen, rodeado por un paisaje casi virgen. Los muchachos toman sus cañas nuevas, sorprendentemente baratas, y se van a pescar.
El pequeño espacio junto al lago pertenece a Hellen. Ella administra la finca, el camping y su familia, y pese a tantas obligaciones da una impresión relajada y alegre. Hellen representa el matriarcado sueco. En cualquier lugar donde haya que gestionar algo, expedir facturas, administrar o cobrar algo, trabajan sobre todo mujeres. A los hombres les queda el manejo de los aparatos pesados: tractores, coches todo terreno, transbordadores, motosierras y caravanas. En la orilla oriental del lago Vättern, rico en pescado, se alza la montaña Omberg a cuyo lado se encuentra el lago Tåkern, tan pantanoso y rodeado de cañaverales que les gusta sobre todo a las aves. Selma Lagerlöf lo eligió como escenario de un secuestro: los ánsares abandonan al hijo de la familia de campesinos en una isla del lago hasta que el padre da su brazo a torcer y renuncia a sus planes de drenar el humedal. He aquí otro mensaje del libro: dejad en paz los paisajes vírgenes, dejadlos a los animales. Y este principio se respeta hasta el día de hoy en Suecia.
Empezamos a echar de menos el mar: después de una semana en el interior queremos volver a la costa. Martín avanza decidido como un ánsar, rodando en medio de una bandada de “congéneres”. Todos van a la relajada velocidad de cien kilómetros por hora. En un puerto al sur de Estocolmo encontramos un papelito en el tablón de anuncios: Pernoctar en el islote de Aspöja. Suena tentador.
–Debéis estar en Arkösund a las 18 horas –nos dice la mujer que coge el teléfono– el resto lo veréis luego.
Cena con la puesta de sol
En Arkösund, numerosos navegantes preparan sus veleros para pasar la noche en el puerto. Una mujer sale de la heladería.
–¿Vosotros sois los alemanes?
Nos habla de Aspöja, su isla natal, situada a media hora en lancha.
–¿Qué hacemos con la caravana mientras tanto? –preguntamos.
–Descuiden, está segura –dice la simpática mujer.
–¿Y las bicicletas atadas a la parte trasera?
–También están seguras.
–Pero no llevamos comida.
–Tampoco es problema.
Después de un veloz viaje en lancha nos alojamos en una amplia casa con un gigantesco jardín y una pequeña playa particular, donde incluso hay una barca de remo. Nos zambullimos desde las rocas. Los muchachos se montan en el columpio que cuelga de un viejo roble. En lugar de calles hay caminos peatonales en Aspöja. La isla sólo tiene 43 habitantes.
A la hora de la puesta de sol, nuestra anfitriona ofrece la cena: rebanadas de pan con queso y pollo calentado en el microondas. Comemos en el embarcadero. Los muchachos han capturado un pez. Bandadas de aves surcan el cielo, un barco de carga se desliza lentamente por el horizonte. El tiempo parece haberse detenido. No hay planes, preocupaciones o necesidades. Nils Holgersson y los ánsares siguieron viajando, hacia la fría Laponia. Nosotros renunciamos a esta idea. El sur de Suecia es demasiado bonito.
Más información del fotógrafo: http://www.astridprangel.de/
© Hajo Schumacher
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