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Recorre el curso del río Níger, en Malí, de Bamako a la mítica Yenné.

Viaja a Malí con David Cantero

Riberas de Malí

El avión, un Embraer 120 Brasilia de la TACV, viró con suavidad al sureste, rumbo a Bamako, en Malí, mi nuevo destino. Había despegado del aeropuerto Amílcar Cabral, en el archipiélago de Cabo Verde, donde había pasado varios días holgazaneando, descansando, durmiendo a pierna suelta o dejando que las volubles brisas del Atlántico acariciaran mi rostro en lentos y prolongados paseos.

Culturas, costumbres y etnias africanas

Mi trabajo me llevaba, una vez más, hacia un destino ignoto, turbador. Como el joven e insaciable viajero que era entonces, gozaba por entero de esa maravillosa sensación, la de recorrer mundo. De la fantástica perspectiva de ir al encuentro de nuevos paisajes, de otros seres humanos, otras costumbres y culturas, otros ritmos y emociones. África me llamó desde que era un niño y en cuanto pude, cuantas veces pude, acudí entregado a su encuentro.

David Cantero

A pesar de todo lo visto o leído, como en una bellísima dama celosa de sus secretos, todo en ella está siempre por descubrir. Sofocado, somnoliento y aturdido, impaciente por ver todo lo que ocultaba la penumbra mal iluminada de la capital, pisé la República de Malí por primera vez. Cargamos el equipo de rodaje, todos esos pesados bártulos, en el maletero y en la vaca de un desvencijado taxi y en él fuimos hasta el Grand Hotel Bamako, una pensión de tres estrellas en comparación con el lujoso e incoherente L’Amitié. Tal vez a la vuelta probaremos una porción de su insólito lujo africano...

A orillas del río Níger

A la mañana siguiente, poco después de amanecer, empecé a descubrir la urbe. No tendría mucho tiempo para hacerlo. Muy pronto remontaríamos por la orilla del caudaloso río Níger, que parte en dos Bamako. A medida que la luz fue creciendo, la ciudad se reveló bulliciosa y sorprendente. Cobre, pajiza, ocre, ruinosa y absolutamente espléndida.  

Gran parte de su parca arquitectura, como amasada a mano, se alineaba formando un laberinto cuadriculado de barro amarillento. Sólo unos cuantos edificios, un par de suntuosos hoteles, algún ministerio, el altísimo minarete de la mezquita de Hamdalaye o la inquietante y desproporcionada sede del Banque Centrale des Etats de l’Afrique de l’Ouest (parecido al  almacén de monedas del Tío Gilito) destacaban alzándose sobre el arrabal de casuchas, clavándose en el denso cielo. Lo demás, miles de barracas de adobe y ladrillo cubiertas con techos de chamizo, chapa o uralita. De ellas, mucho antes que el sol, salió una auténtica muchedumbre. Aquel enjambre de bestias y personas, raudos o renqueantes, a pie o en bici, en automóviles o motocicletas, no dejó de zumbar en toda la noche y atronó durante el día. A medida que éste levantaba, fue disolviéndose en un cielo también ambarino, de aspecto impenetrable y brumoso. Aquella rara atmósfera sepia matizaba el rostro desordenado de una metrópoli sin apenas tubabus, turistas blancos, ocultándolo en parte, difuminándolo, embelleciéndolo.

Bamako, barrios sin asfaltar

Gran Mezquita

A través y por encima de ella, acababa de pasar una monumental tempestad de arena. No hacía ni 24 horas de eso. En el aire había quedado parte de su lastre, la esencia del desierto aún se podía masticar al respirar y punzaba en los ojos al mirar. Después de ungirme por entero con Aután, por la paranoia ante el Anopheles y la malaria, dejé atrás las atestadas avenidas del centro y paseé por los tranquilos barrios de calles sin asfaltar. Regateé en un mercado cerca del Estadio 26 de Marzo, y luego en otro aún más grande y populoso, en la otra punta de la ciudad, en la otra orilla. Crucé caminando los dos puentes que salvan el turbio y majestuoso Níger, primero el Fahd, luego de regreso el de los Mártires.

 Apoyado en su oxidada barandilla, mi imaginación remontó contracorriente, aguas arriba, intentando suponer la aun lejana confluencia de los ríos Bani y Níger, la meta de la siguiente etapa… y aún más allá, mi soñado y recóndito país Dogon, en la falla de Bandiagara y en la llanura de Gondo. No llegaríamos tan lejos.

Travesía por el río en pinaza

Etnias africanas

Tras dedicar tres jornadas de rodaje a la ciudad de Yenné y su Gran Mezquita, icono por excelencia de Malí, iniciamos un recorrido por el río en pinaza, dejándonos llevar por el torrente. Si todo iba bien, navegaríamos durante más de una semana hasta que las cataratas Sotuba, unas impresionantes cascadas que rompen justo antes de atravesar la capital Bamako, nos impidieran continuar...

De Bamako a Mopti y Yenné

No pasé mucho tiempo en la inolvidable Bamako. Dejé pronto atrás el gentío de hombres, mujeres y niños ajetreados en la holganza o en el mercadeo, en el duro trabajo o en los ingenuos juegos, en el deambular por la ciudad como por un gigantesco y anárquico zoco, sin rumbo aparente, y proseguí mi travesía africana subiendo en un todoterreno por la única "carretera" y las pistas que acompañan el curso del río  Níger en su tranquilo deambular hacia las tierras del norte. Primero hasta Ségou, luego hasta la que llaman la Venecia africana, la mítica y bulliciosa Mopti. Desde aquí, pero esta vez a bordo de un ferry, alcanzaríamos la bella Yenné, la que dicen es la primera ciudad de África, situada en una isla en mitad del río Bani. Allí se encuentra la Gran Mezquita, una inmensa y maravillosa mole de barro, construida de una sola pieza, la más grande del mundo, declarada Patrimonio de la Humanidad . Un prodigio arquitectónico rodeado de mercados que ningún viajero que se disponga a recorrer el continente africano debería dejar de ver.

Malí, la auténtica reina de África

A pesar de contar con algunas de las maravillas naturales y arquitectónicas más importantes del continente africano, la república de Malí, situada al sur del Sáhara, sigue siendo una gran desconocida. El río Níger es su arteria vital. De sus 4.200 kilómetros de longitud total, 1.700 discurren entre sus fronteras. Por la   escasa profundidad de sus aguas, su corriente resulta excelente para la navegación. Al margen de la capital, Bamako, sus  atractivos turísticos son Mopti, el gran puerto fluvial situado en la confluencia de los ríos Níger y Bani, Yenné, con su Gran Mezquita, la falla de Bandiagara, hogar de la tribu dogon, y la siempre enigmática y legendaria Tumbuctú.

Para viajar: Catai Tours. www.catai.es

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