¿Beneficia el consumo ecológico a la naturaleza?

Con un crecimiento interanual del 7,9% y un volumen de mercado interior de casi 1.700 millones de euros, nuestro país está en el top 10 del mercado ecológico mundial. Sin embargo, ¿es posible comer bien y proteger al mismo tiempo las especies? Comienza a leer nuestro artículo de portada de este mes. La revista GEO ya está en el kiosco.

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¿Cómo se beneficia la naturaleza de mis hábitos de consumo?
¿Cómo se beneficia la naturaleza de mis hábitos de consumo?

Si hay que hacerlo, hagámoslo como es debido, pienso al tiempo que empujo el carrito por uno de esos nuevos supermercados bio que desde hace algún tiempo brotan como setas del suelo de las ciudades. Una filial en el barrio de Schöneberg, en Berlín. Fuera atruena el tráfico de la metrópoli, pero dentro tengo la sensación de estar recorriendo la tienda bien surtida de una granja.

GEO me ha mandado hacer este viaje. Debo averiguar si lo que comemos influye en la naturaleza, en la diversidad de las especies. Háganse a la idea de que la cosa está clara y que no hay mucho que investigar, les dije a los colegas.

Según un estudio de AECOC, uno de cada cuatro españoles compró semanalmente en 2019 productos eco. Yo, sin ser española, soy también una de esas personas. Habitualmente traigo a casa huevos, leche, a veces un filete, lechuga, frutas y verduras de calidad bio. Del mercado semanal. Y también del supermercado económico, a falta de tiendas bio en mi pequeña localidad natal de la Baja Sajonia.

Estoy convencida de que así hago algo bueno para mí, pero sobre todo para el medio ambiente.

Pero ahora, entre el sirope de flor de saúco y la ensalada de brotes tiernos me pregunto por vez primera si esa suposición mía está bien fundada. Si lo está ¿cómo se beneficia exactamente la naturaleza de mis hábitos de consumo? ¿A través de qué mecanismos influyen las simples decisiones de la vida cotidiana sobre el complejo mundo de las especies? Y ¿cuántas personas deben hacer una buena elección para salvar definitivamente la biodiversidad?

Todos hablan del cambio climático. Pero la humanidad también tiene otro gran problema: la extinción de las especies

El Consejo Mundial de la Biodiversidad anunció la pasada primavera que cerca de un millón de animales y plantas están amenazas con desaparecer de nuestro planeta durante este siglo. La extinción en masa y el calentamiento terrestre son fenómenos emparentados. Ambos se originan a escala global y nuestro estilo de vida occidental ha influido de manera decisiva en ellos.

Ahora bien, las manifestaciones más devastadoras de las consecuencias del cambio climático aún están muy lejos. Las tormentas, inundaciones, sequías y olas de calor que sufren nuestros países todavía se pueden atribuir a las veleidades del tiempo.

Pero no hay manera de sutilizar sobre otra realidad: los parabrisas vacíos. Nos convierten en testigos del colapso de la mayor familia animal, los insectos. Sin ellos escasea la comida de las aves y las flores se quedan sin polinizadores. Y no en países remotos, no en un futuro lejano, sino aquí y ahora.

Aunque eso encierra también una buena noticia, me digo a mí misma: probablemente el problema local de la extinción también se pueda solucionar de forma local. Pero ¿cómo?

En el supermercado bio me dedico a estudiar un surtido que rara vez compro. Espelta, centeno, mijo, trigo, quinoa, farro, espelta verde, kamut, trigo sarraceno, amaranto… el consumidor bio hardcore muele él mismo el grano y le gusta variar. Con ese cliché me explico a mí misma semejante variedad. Pero esa es una conclusión errónea. Si cambio el punto de vista me doy cuenta de que no es la demanda la que condiciona la oferta, sino que la diversidad de productos y la diversidad de especies están interrelacionadas. ¿Cómo produce un campesino bio?

Lee el texto completo en el número 1 de GEO. Ya en el kiosco.

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